Viaje a la sanidad isleña del XVIII

25 marzo, 2017

por Alejandro Díaz Pinto

El Dr. en Medicina y Cirujía Juan Manuel García-Cubillana hizo un repaso a la historia del Hospital de San José en la primera de las charlas organizadas por la Academia de San Romualdo con motivo del 250 aniversario de este establecimiento. Francisco Glicerio, Juan Torrejón y José María Cano expandieron el tema en sus vertientes religiosa, social y arquitectónica respectivamente.

El apelativo de ‘caridad’ es un decir, pues el autor de El Hospital de San José (1767-1956) de la Isla de León advirtió ya durante el prólogo que las funciones de éste a lo largo de 250 años de historia superan con creces el concepto de ‘hospitalillo’ que hasta hace poco se tenía de él. Habló de sus antecedentes, tanto de la fundación de la familia Ispis a fines del XVII como del hospicio que los padres franciscanos iniciaron en 1739, también, de la proliferación de hospitales provisionales de la Armada en la segunda mitad del siglo XVIII -Lazareto de Infantes, Hospital de las Anclas, de la Carraca…- y, por fin, de un establecimiento nacido para la asistencia de civiles debido a la explosión demográfica consecuencia del traslado de la Marina a La Isla. «Aunque el hospital no estaba aún construido es en 1767 cuando se abre el primer libro de filiaciones en la antigua casa de niños expósitos, de ahí que consideremos ésta la fecha fundacional», indicó.

Cubillana habló del origen de esta tipología de hospitales siempre adscritos a la Iglesia, que «más que asistencia sanitaria brindaban hospedaje a los enfermos». Es con la Ilustración cuando la caridad eclesiástica indiscriminada dio paso a otro tipo de establecimientos, laicos, más orientados a la investigación.

En el caso de San José, «hubo momentos que llegó a a albergar hasta 141 pacientes, pese a haber solo 130 camas», explicó, y es que hay documentación de las épocas con mayor pico de mortandad que hablan de hasta tres enfermos en un mismo lecho. También habló de su uso como hospital militar en determinados momentos; aunque en su primera década de funcionamiento solo el 10% de los pacientes eran militares, a finales del XVIII la cifra aumentaría hasta el 37%. Además de jornaleros, toreros o prostitutas entre otros muchos perfiles sociales, fueron tratados allí presos franceses de la flota de Rosily y militares de tierra de Bailén que habían enfermado en las cárceles-pontón dadas sus precarias condiciones.

Cubillana hizo un recorrido por los momentos de mayor actividad de la institución, es decir, los brotes de fiebre amarilla (1800, 1810 y 1819), cuando fue necesario habilitar el corral para apilar cadáveres. Posteriormente, explicó, «eran transportados al cementerio por reclusos del Penal de Cuatro Torres, ya que nadie quería hacerlo por miedo a contagio».

Los enfermos eran atendidos por la comunidad religiosa que residía en el edificio y «funcionaba como una familia», aunque los practicantes profesionales venían de fuera. A este respecto destacó el «excelente plantel de médicos entre el que se encuentran nombres como los de Francisco José Martínez, José Salvaresa, Ramón Fossi, José María de la Herrán, Manuel Roldán y Cayetano Roldán», estos tres últimos, por cierto, llegaron a ser alcaldes de San Fernando. En una época donde la ciencia médica estaba aún en pañales, la Farmacopea de la Armada por Leandro de Vega era como la Biblia y todos los preparados seguían fielmente sus instrucciones para provocar sudor, vómitos y enemas de limpieza. Destacan por curiosos el llamado ‘láudano de Sydenham’ con opio, azafrán, canela y vino de Málaga, o la ‘esponja soporífera’, un compuesto a base de opio, beleño y mandrágora.

Pero no solo la fiebre amarilla, también las epidemias de disentería y cólera se cebaron con la población isleña a lo largo del siglo XIX y, más adelante, la gripe española y la tuberculosis, cuyos efectos curiosamente influyeron en el ideal de belleza femenino de la época.

Cubillana explicó cómo a raíz de la Guerra de África llegaron las hermanas de la caridad de Santa Joaquina de Vedruna que hasta hace pocos años regentaron el centro. «Florentina Fuentes, la más recordada, se encargó de la farmacia municipal durante la posguerra», agregó. Además, entre 1916 y 1925, funcionó paralela aunque independientemente al hospital una casa de socorro donde destaca el nombre del practicante Rafael Soto Camacho. «La principal causa de ingreso en esta época eran las patologías quirúrgicas».

Fue con las epidemias de tifus exantemático de los cuarenta cuando se optó por habilitar dos salas en el hospital, una para hombres, la de ‘San José; y otra para mujeres, denominada ‘Nuestra Señora del Carmen’.

El edificio pasó, ya en épocas más recientes, a ser residencia de ancianas, escuela y sede de una cofradía de Semana Santa, pero «lo importante es que nunca ha cesado su actividad en 250 años años y seguro que su fundador, Fray Tomás del Valle, estaría orgulloso de ello».

Un obispo caritativo

La figura de Fray Tomás del Valle, que a muchos sonará al menos por dar nombre a una calle, fue el eje vertebrador de la charla impartida por el Dr. en Historia Francisco Glicerio Conde Mora, quien reivindicó desde el primer momento la riqueza de los archivos eclesiásticos a la hora de hacer un trabajo de investigación.

Nacido en 1684, «fue primero obispo de Ceuta y, más tarde, de Cádiz». Sucedió a Lorenzo Armengual de la Mota en proyectos tan ambiciosos como la propia obra de la Catedral, siendo testigo directo del maremoto de 1755. Fue contemporáneo en su episcopado a tres borbones -Felipe V, Fernando VI y Carlos III- otorgándole el primero de ellos los títulos de Capellán Mayor y Vicario General de la Armada. Destacaba, según Glicerio, por su atención a los feligreses, amparando fundaciones como las del Monasterio de Carmelitas Descalzos y el Hospital de Nuestra Señora del Carmen en Cádiz, o la Iglesia Mayor, la Compañía de María y el Hospital de San José en la Isla de León.

«La sanidad de su episcopado destacaba por la admisión de enfermos con independencia de sus creencias o del país del que procedieran», especificó, de hecho «hay fuentes internacionales que se muestran incrédulas ante esta postura».

El Hospital de San Martín de Chiclana de la Frontera; una sala para enfermos en la Ermita de Jesús en Conil, así como una casa de viudas y otra de niños expósitos esta misma localidad; los hospitales del Amor de Dios y San Juan de Dios en Medina Sidonia; el de San Juan de Letrán en Vejer; el de la Misericordia en Jimena; o el de Nuestra Señora de la Salud en Gibraltar, son algunos de los muchos centros asistenciales que surgieron mientras Fray Tomás del Valle permaneció en activo. «Siempre se preocupó por sus feligreses de Gibraltar. Pese a la pérdida política, la diócesis continuó muy presente».

Glicerio destacó el espíritu caritativo del Cádiz dieciochesco: «Según Fray Alonso de Talavera, los más pobres de todo el mundo venían porque eran conscientes de ello». Las fuentes del Archivo Diocesano de Cádiz, sin ir más lejos, hablan de pacientes en el Hospital de San José procedentes de Génova, Venecia, Alemania e incluso Uruguay, «la mayoría eran soldados de las tropas de marinería, pues los altos mandos se trataban en casa».

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