Parada y posta en el Meadero de la Reina. La historia de un apretón real

4 diciembre, 2017

por Enrique Pérez Fernández

Ldo. en Geografía e Historia

Hoy toca excursión al Meadero de la Reina. Por el Camino Real, heredero de la romana Vía Augusta que desde tiempos de Augusto (27 a.C.-14 d.C.) bordeaba la bahía desde Gades hasta su puerto comercial, Portus Gaditanus, hoy El Puerto de Santa María. Ya escribí en Patrimonio La Isla del tramo del Real Camino de La Isla a Cádiz, el que se levantó en 1785 por gestiones del Gobernador de Cádiz, el conde Alejandro O’Reilly, que sustituyó al que el maremoto de noviembre de 1755 arrasó. También se debió a O’Reilly, mientras residía en El Puerto como Capitán General de Andalucía, que en 1779 se levantaran sendos puentes de barcas en el Guadalete y el San Pedro y que se construyera en 1781-82 el primer firme arrecifado entre El Puerto y Puerto Real (con piedras, cascajo y zahorra). Y bien debió quedar, según apuntó en 1791 el viajero Antonio Ponz: «El trozo de camino desde Puerto Real hasta el Puerto de Santa María es de lo mejor que he visto en parte alguna.» (1)

El Camino Real en las inmediaciones del Puente Suazo (Arriba) y su paso por el Coto de la Isleta de El Puerto (Abajo). Grabados de la Litografía Alemana, hacia 1870.

El Camino Real en las inmediaciones del Puente Suazo (Arriba) y su paso por el Coto de la Isleta de El Puerto (Abajo). Grabados de la Litografía Alemana, hacia 1870.

Aunque documentalmente no lo he podido constatar, conociéndose los antecedentes del camino en ambos tramos (Cádiz-La Isla y El Puerto-Puerto Real), es de suponer que fue entonces, en los primeros años de la década de 1780, cuando también se habilitó un arrecife entre San Fernando y Puerto Real, el que de hecho en 1785 el barón de Bourgoing calificó de «magnífica carretera moderna» (2) que se abría paso en un entorno de salinas, caños y esteros que el hispanista escocés Henry David Inglis retrató así en 1830: «Al salir del Puerto de Santa María, pasé por un paisaje casi inculto, hacia Puerto Real, rodeando el borde de la bahía; la tierra está cubierta de aulaga y cruzada por hileras de magníficos áloes e higueras indias o acebuches dispersos; en el horizonte se ven las estribaciones de la sierra de Ronda. Después, un singular espectáculo apareció en el lado de la bahía: inmensas lagunas se extienden entre el mar y la carretera, densamente pobladas de pirámides blancas que daban la apariencia exacta de un campamento. Se trataba de pirámides de sal. […] Nada puede ser menos interesante que la carretera que circunda la bahía, hasta que entramos en la Isla de León, que está unido a tierra firme por un puente levadizo.» (3)

La venta del Arrecife

Al igual que en época romana en el lugar del puente Suazo se encontraba la primera —o última— posta de la Vía Augusta —nombrada Ad Pontem—, también en el Camino Real de la Edad Moderna había establecimientos donde reposar y reponer fuerzas, beber unos tragos, comer algo y tratar de negocios… Entre San Fernando y Puerto Real ese lugar era la venta del Arrecife, ya abierta como tal a comienzos del siglo XVII. Que no sé yo a qué arrecife aludía, porque si el Camino Real se arrecifó por primera vez —como creo pero no aseguro— en la década de 1780, es probable que fuera la calzada de la Vía Augusta, que en trechos aún se conservaría como se conserva hoy a su paso por el término municipal de El Puerto.

Juan B. Suárez de Salazar ya la cita como venta del Arrecife en su Historia de Cádiz, editada en 1610. (4) Que ciertamente fue —sin saberse desde cuándo— el lugar de parada y posta entre San Fernando y Puerto Real, apostada junto a la inmediata Cañada Real de Medina Sidonia y al borde de las marismas y salinas de la bahía. Lugar, como hacían los trajinantes y arrieros, donde haremos una parada; pero no antes de decir que no fue la del Arrecife la única venta con solera y tradición que existió entre Puerto Real y La Isla, pues a poco menos de kilómetro y medio de San Fernando, frente al caño y salina de la Talanquera, sigue existiendo la venta de Afuera (¿o está ya cerrada?), que así llamada ya estaba abierta muy a comienzos del siglo XIX; y que era, según leo en un viejo cartel de toros, donde los agrupaban en la víspera de las corridas celebradas en San Fernando y Cádiz.

El Camino Real entre La Isla y Puerto Real: Ventas del Arrecife (1), de Afuera (2) y Caño de San Rafael en un plano levantado hacia 1808.

El Camino Real entre La Isla y Puerto Real: Ventas del Arrecife (1), de Afuera (2) y Caño de San Rafael en un plano levantado hacia 1808.

Durante el siglo XVIII y hasta mediados del XIX la venta del Arrecife es citada en todos los itinerarios de los caminos de España como parada y posta entre La Isla y Puerto Real. Por ejemplo, en el más divulgado de la época, el Itinerario Español, o Guía de caminos, que en 1767 editó en Madrid José Matías Escribano (en imagen adjunta).

Se conoce que recién acabada la Guerra de la Independencia, en 1813, su entonces propietario, Antonio García, tuvo a bien construir en la venta una capilla pública para el servicio religioso de los vecinos y transeúntes de tan apartado paraje. Así, en un documento de entonces, se dice: «…una venta de su propiedad situada en el arrecife que va a Puerto Real distante de esta villa [San Fernando] más de tres cuartos de legua. En ella se albergan multitud de arrieros y trajinantes. En sus inmediaciones hay varias posesiones de salinas, cortijo y molino, con cuyo motivo ha constituido en el expresado sitio una capilla pública con el fin de proporcionar así a los que pernoctan en ella como a los vecinos inmediatos, el que oigan el Santo Sacrificio de la misa, en lo que se les sigue notoria y conocida utilidad, pues los trajinantes, teniendo que emprender desde allí una jornada larga, no se quedan sin cumplir con el precepto el día festivo, y los vecinos contiguos no tienen que abandonar su casa y labores, causa por la que algunos no oyen misa el día que se les precisa.» (5)

Pocos años después debió de abandonarse tan vetusta venta pues a mediados del XIX el entorno que ocupó lo llamaban Descansadero de la venta caída (6); el lugar que más tarde, a raíz de la historia que ahora recordaremos, sería conocido hasta nuestros días como Meadero de la Reina.

Plano de 1809 con la situación de la Venta del Arrecife y el Caño de San Rafael.

Plano de 1809 con la situación de la Venta del Arrecife y el Caño de San Rafael.

El pis de doña Isabel

Durante los meses de septiembre y octubre de 1862, Isabel II, acompañada de su no amado esposo Francisco de Asís y sus dos hijos mayores —el Príncipe de Asturias (el futuro Alfonso XII) y la Infanta Isabel—, recorrió las provincias andaluzas (excepto Huelva) con el inconfesado fin de granjearse la simpatía de sus súbditos, que andaban de capa caída y descontentos de cómo iban las cosas. Procedentes de Sevilla en vapor por aguas del Guadalquivir, arribaron a Cádiz el 26 de septiembre, donde permanecieron varias jornadas.

Isabel II (1830-1904) y Francisco de Asís (1822-1902).

Isabel II (1830-1904) y Francisco de Asís (1822-1902).

La tarde del 28 de septiembre, a invitación del Ayuntamiento de Puerto Real, fueron los reyes a presenciar las faenas de un despesque en un estero de la salina del Monte (o de San Rafael del Monte), de propiedad estatal. De Cádiz llegaron, a las tres y media, a las inmediaciones de la salina en un tren especial (un año después de inaugurarse —el 13 de marzo de 1861— la comunicación ferroviaria con Cádiz). El poeta y periodista gaditano Arístides Pongilioni dejó escrito los pormenores de la regia visita. De su testimonio extraigo estos fragmentos:

«El camino que desde la vía férrea conducía al estero de la salina, por la cual atraviesa aquella, se hallaba cubierto de yerbas aromáticas, y de trecho en trecho se levantaron arcos de follaje. […] Sobre los muros laterales del gran estero de la salina, abundantísimo en pescado, se habían colocado tiendas de campaña graciosamente adornadas con escudos y banderas, distinguiéndose entre las de la izquierda la destinada a las augustas personas, en la que se veía una balaustrada, formando un balcón, adornada con una rica colgadura de damasco carmesí con las armas de España, y en el interior magníficos sillones para que los ocupasen los reyes y pudiesen desde allí cómodamente presenciar la pesca. Además de esta tienda había otras dos preparadas para el buffet y tocador de S. M. la Reina.» Pero como a veces la naturaleza no entiende y distingue entre egregias figuras y la plebe, el fuerte viento de levante que reinó la noche anterior «combatiendo en aquel terreno sin abrigo alguno» y acompañado de grandes chubascos, desbarató lo que los puertorrealeños levantaron y engalanaron en varios días. Aun así… «La comitiva regia llegó al sitio designado cuya corta carrera estaba formada por la tropa del Resguardo de Sales. Dos bandas de música tocaban la Marcha Real, y un gran número de personas llegadas de Cádiz, San Fernando y Puerto Peal se veían en los alrededores. Sus Majestades y Altezas se detuvieron al paso para ver el modo de sacar la sal, y luego acompañadas de varios individuos de su comitiva se embarcaron en la preciosa canoa que estaba dispuesta, elegantemente adornada con un toldo de damasco carmesí y banderolas.

Despesque en Río Arillo, años 20. Fotos de M. Estrada Berro (Diario de Cádiz).

Despesque en Río Arillo, años 20. Fotos de M. Estrada Berro (Diario de Cádiz).

La canoa, impulsada por varios hombres, cruzó las tranquilas aguas del estero sobre las cuales saltaban infinidad de peces, cuyo espectáculo divirtió mucho al Príncipe de Asturias, que iba al lado de su augusta madre a quien para esta diversión le fue ofrecida por el Ayuntamiento de Puerto Real una lindísima caña de pescar formada de ébano y carey, con esmeraldas y perlas, y cuyo remate lo componía un trofeo de armas sobre coral.  Los anzuelos eran de oro y la caja en que se encerraba la caña, de palo santo.» Y al rey le regalaron una espingarda (escopeta de cañón largo usada por los musulmanes) que el Sexto Batallón de Marina había obtenido en la Guerra de África dos años antes.  Luego «SS. MM. desembarcaron a corto rato en su tienda y desde ella presenciaron la pesca en el estero, cuya operación ejecutaron varios hombres con una red, trayendo hasta muy cerca de donde se hallaban un número inmenso de pescados.» Terminada la excursión, la comitiva regia regresó a Cádiz en el mismo tren a eso de las seis. (7) El 2 de octubre los reyes estuvieron en San Fernando, visita de la que escribió en Patrimonio La Isla Diego Moreno García.

Por tradición oral, se tiene por cierta la anécdota de que aquella tarde del 28 de septiembre de 1862 ocurrió la Real escena cuando Isabel II, acuciada por un apretón, en el entorno que ocupó la vieja venta del Arrecife y al resguardo de unos matorrales, hizo pis. Pero hay que considerar que entre el lugar en que la reina vio el despesque —la salina del Monte, próxima a Puerto Real— y el de la micción —el Descansadero de la venta caída— hay cerca de tres kilómetros. Demasiada distancia para recorrer y aguantar. Por ello, es de suponer que al subir al tren de vuelta a Cádiz, con el traqueteo y tanta agua contemplada, le debieron de entrar las ineludibles ganas y pidió que la máquina parara. Y se detendría donde la vía férrea entonces y hoy gira para tomar el recto camino que lleva a La Isla entre caños y salinas, en los terrenos inmediatos al Barrio Jarana, la carretera de Malas Noches o el Descansadero de la antigua venta del Arrecife. Y puesto a conjeturar, conociéndose la gran afición de Isabel II, no sé yo qué hizo de verdad la reina entre los matorrales del Descansadero…

Entorno del Meadero de la Reina y Descansadero de la Venta Caída.

Entorno del Meadero de la Reina y Descansadero de la Venta Caída.

Hasta que la muerte nos separe

Que la reina era ninfómana era un secreto conocido por todos. Tanto como que el rey, Francisco de Asís de Borbón, además de primo carnal por partida doble, era homosexual. Así que lo suyo no fue un matrimonio deseado sino impuesto por quienes manejaban los hilos del Estado. Para la Historia ha quedado lo que, horrorizada, gritó la joven Isabel cuando le comunicaron que el pretendiente elegido con quien desposaría sería su primo: !Nooo, con Paquita nooooo! Pues sí, con Paquita se casó en 1846, el día que cumplió 16 años. De la primera noche compartida recordó la reina con el desparpajo que la caracterizaba: «¿Qué podía esperar yo de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes en la camisa que yo misma?» Y claro, pasó lo que pasó. Que la reina se dio al desenfreno sexual, cosechando durante toda su vida una interminable lista de amantes ‘oficiales’ y circunstanciales, sobre todo militares, porque la mujer tenía debilidad, sin echar cuenta en la graduación, por los uniformes. Cuando por estos lares anduvo, su amante lo era el escritor y político Miguel Tenorio, a quien había nombrado secretario privado. Antes lo fue el capitán Enrique Puigmoltó, conde de Miranda, a quien se le atribuye la paternidad del futuro Alfonso XII, al que la reina confesó: «Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía».

Viñetas en acuarela que circulaban en tiempos de Isabel II, firmadas por SEM. Del libro Los borbones en pelota, 1991, de Lee Fontanella.

Viñetas en acuarela que circulaban en tiempos de Isabel II, firmadas por SEM. Del libro Los borbones en pelota, 1991, de Lee Fontanella.

El rey consorte, en cambio, fue siempre mucho más recatado, manteniendo una larga y discreta relación, durante décadas, con el galán y aristócrata sevillano Antonio Ramos Meneses. Eso sí, sobre su homosexualidad circularon por la villa y corte crueles versos. Acaso los más populares fueron los que decían: «Gran Problema es en la corte / cuando acude al excusado / averiguar si el Consorte / mea de pie o lo hace sentado». Que en verdad no se alejaban de la realidad porque Francisco de Asís padecía hipospadia, es decir, que tenía la uretra en el tronco del pene.

Así que, ya digo, no sé lo que en verdad haría Isabel II en los matorrales del Descansadero —que a lo mejor fue Picadero—, si evacuar la vejiga o acaso se encaprichó de algún apuesto mozo de la tropa del Resguardo de Sales. Capaz y osada para ello, lo era, al punto que cuando falleció en 1904, alguien de la Corte, con mala baba, sentenció que «por fin la reina puede descansar con las piernas juntas».

Notas

(1) Viage de España en que se da noticia de las cosas más apreciables y dignas de saberse que hay en ella, tomo XVIII. Madrid, 1794, pág. 57.

(2) Nouveau Voyage per l’Espagne. París, 1789. Cit. en J. García Mercadal, Viajes de extranjeros por España y Portugal, tomo III, Madrid, 1962, pág. 1036.

(3) A year in Spain. Londres, 1831, vol. II, pág. 77.

(4) Grandezas y Antigüedades de la Isla y Ciudad de Cádiz. Cádiz, 1610, págs. 126-127.

(5) Arturo Morgado García, La Diócesis de Cádiz: de Trento a la Desamortización. Universidad de Cádiz, 2008, pág. 340.

(6) Leo en Diario de Cádiz del 16 de abril de 2012: «El Ayuntamiento de Cádiz busca en Puerto Real una finca rústica que compró en el año 1954, con José León de Carranza como alcalde, y de la que no ha vuelto a saber más. Estos terrenos están situados cerca del Meadero de la Reina y tiene una superficie de 1,2 hectáreas y fue adquirida como descansadero para las reses que venían al Matadero de Cádiz. Según el documento que obra en poder de la Delegación de Patrimonio del consistorio gaditano, la finca linda al norte con un camino de servidumbre; al sur con terrenos de la dehesa Villanueva; al este con la parcela número dos de la misma cañada y al oeste con el descansadero de Venta Caída.»

(7) A. Pongilioni, con la colaboración de Francisco de P. Hidalgo, Crónica del Viage de SS. MM. y AA. RR. a las Provincias de Andalucía en 1862. Cádiz, 1863, págs. 210-214.

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