De Las Capuchinas de San Fernando y algunas cosas dignas de mención

8 abril, 2017

por José Ramón Barros Caneda

Partiendo de la base de que el concepto Patrimonio Cultural es una convención asumida por los grupos culturales para definir y dar consistencia a las identidades que habitan el territorio; asumiendo que esas identidades son diversas, múltiples y que se han ido asentando de una manera determinada a lo largo de los siglos; dando por hecho que las huellas de esas identidades se convierten en estratos que van conformando el relato, la narración de los territorios y sociedades y que esos relatos -todos- son los que hacen viable la pervivencia de esos grupos; entendiendo que, según el acuerdo democrático, los órganos de gobierno de esos territorios tienen encomendada la definición y tutela de esas huellas y aceptando finalmente que de todas las tipologías que se van incorporando al concepto Patrimonio Cultural, las que se refieren a bienes urbanísticos y arquitectónicos de cualquier naturaleza, dado el valor que tienen para el proceso de la ciudad y el más que evidente valor de mercado que el sistema económico les ha conferido, son los que generan una mayor problemática en su tutela; dadas todas estas premisas que sintetizan aspectos fundamentales de la cuestión, vamos a tratar de reflexionar sobre el Monasterio de Nª. Sra. del Rosario, popularmente conocido como el Convento de las Capuchinas de San Fernando en un momento, tal vez crítico y en cualquier caso conflictivo de su existencia.

  • Del pasado generador

A pesar de la brevedad del texto, es necesario hablar del proceso histórico del edificio. Resulta siempre esclarecedor encuadrar los bienes en su dinámica, en su desplazarse por el tiempo, en cuyo viaje van incorporando sentidos, significados, añadidos, transformaciones, deformaciones; en cualquier caso, presencia sobre el territorio y sobre los grupos que lo habitan. Algunos datos breves, tomados del libro Clausuras. Conventos y Monasterios de la provincia de Cádiz, hablan de religiosas del convento de San Miguel de El Puerto de Santa María; de una finca en San Fernando que en su momento constaba de “una casa principal con huerta y jardín”, lindera por el “por el norte con el callejón o terreno nombrado de Madariaga, con la calle San Juan de Dios y con dos casas (…) Por el sur con terrenos y casas llamadas de Sevilla o Patio del Agua y por su espalda con terrenos de Casa Alta”. De un obispo, Vicente Calvo Valero, que adquiere la finca para la sede gaditana en 1889; de la llegada de monjas que ocupan el edificio y de un arquitecto, Juan Cabrera Latorre, que en 1911 añade el actual cuerpo de la iglesia.

Cuerpo central del retablo antes de perder las imágenes.

Cuerpo central del retablo principal de la capilla antes de perder las imágenes.

  • De la ciudad, del inmueble, de sus muebles

Uno de los aspectos más relevantes de la fundación del convento fue la necesaria adaptación a las estructuras preexistentes, tanto arquitectónicas como urbanas. San Fernando era una ciudad relativamente moderna y Moderna, surgida y desarrollada al amparo de procesos económicos relacionados con actividades militares de los diferentes regímenes políticos que se han sucedido en su historia, procesos que fueron dilatando y colmatando urbanísticamente la gran arteria, el “arrecife” que unía la península con la, por entonces, destacada ciudad de Cádiz, la hoy conocida como Calle Real y que finalmente condujeron dotar de entidad jurídica a la nueva ciudad. En ese eje que configuraba el trazado urbano se asentaron a lo largo del tiempo diferentes comunidades religiosas cuyos edificios, junto con los del nuevo poder civil, el militar y el social, dotaban de referentes visuales a este nuevo trazado. Nos referimos al convento de El Carmen, al convento-colegio de la Compañía de María y ya en etapas mucho más recientes al monasterio de la Santísima Trinidad de Carmelitas Descalzas. Son, dos de los tres citados, muestras de tipologías conventuales tradicionales que se asocian a períodos diferentes y cuyas fachadas a la ciudad asumen rasgos visuales y estéticos determinados, pero siempre bajo una presencia monumental.

Cosa muy diferente sucede con el convento de Las Capuchinas y eso forma parte de su singularidad. Su ubicación en el por entonces extrarradio urbano de San Fernando, alejado del viario principal, en contacto con zonas de huertas (una situación que aún en la década de los sesenta del siglo XX se mantenía), le confiere características diferenciadoras que, atendiendo a su aislamiento geográfico, habla más del sentido de monasterio que de convento, como finalmente ha quedado popularizada su denominación.

Unido a ello resulta también de especial interés la configuración arquitectónica que, partiendo de un modelo doméstico preexistente, mantiene el arquetipo doméstico que define todo el frente de la prolongada fachada del inmueble a la actual calle Constructora Naval, antigua de Santa Úrsula. Una fachada típica del eclecticismo, de dos plantas, con ventanas recercadas y cierros, articulada por pilastras cajeadas que imponen orden en el muro, con cornisón de cierre, pretil y remates con jarrones, rasgos todos propios de la ciudad y del entorno geográfico. Una fachada extensa que, con su traza diferencia perfectamente, pese a sus similitudes estéticas, las dos zonas: la conventual privada y la pública asociada a la iglesia.

Una fachada, la del convento, la más doméstica, centralizada por la portada con un eje formado por el vano, el balcón sobre ménsulas y el mirador de la clausura a modo de torre-mirador (de las de sillón que definió Juan Alonso de la Sierra), tan propia de la bahía gaditana, con ese apunte de ventana ajimezada de sutiles arcos de herradura, tal vez fruto de la intervención neomudéjar que, en el que parece cuerpo añadido del claustro, es más evidente y que insinúa formas que el arquitecto Juan Cabrera Latorre usó en otros edificios, caso del Teatro Falla en Cádiz.

Una fachada, la de la iglesia, también claramente adosada, añadida a un espacio preexistente, casi a modo de antigua accesoria, señalada o diferenciada por su entrada desde el viario público con una portada con balcón con celosía,-otro mirador conventual en este caso en el coro alto de la iglesia-, y coronado por una moldura escalonada a modo de simbólica espadaña sin huecos, ni campanas, una señal desde la que parte un muro, apilastrado como la fachada del convento, que distancia de la calle al elevado cuerpo de la iglesia que emerge detrás con sus contrafuertes que dan orden, tectónica y cierta plasticidad a ese muro elevado y austero de la iglesia.

Un interior, el conventual, ordenado en torno a un patio, igualmente muy doméstico, que hace las veces de claustro, formado por arcos rebajados de ladrillo sobre pilares y un espléndido antepecho de remate, formas todas que siguen hablando en lenguaje neomudéjar. Un segundo patio interior desarrollado en el horizontal trazado de la planta convento que se proyecta hacia la huerta y el jardín, acotados por un elevado muro perimetral que determina el espacio de la clausura. Una iglesia de una nave, de las denominadas de cajón, conventuales con capillas laterales y sendos coros en los pies y en el altar mayor.

Un interior bastante recatado en cuanto a bienes muebles y fundamentalmente concentrados en la iglesia, donde, un conjunto de retablos, casi más labores de carpintería que retablística, incluyen -incluían- una colección de esculturas de Celestino García Alonso, escultor activo en el período, datadas y firmadas entre 1890 y 1897 y que dan cuerpo a la titular del monasterio y a distintos santos de la orden. A ellas se suman las dieciochescas de san Servando y san Germán, de especial interés, al pertenecer según la tradición a la desaparecida iglesia de san Antonio. Por lo demás, algunos lienzos esparcidos por las dependencias de los que una Anunciación, situada en el refectorio, tal vez sea el más relevante, así como una Inmaculada dieciochesca, otra más, copia de Murillo y una Última Cena y Jesús entre los Doctores. Por fin, una hornacina con un Calvario dieciochesco.

Trasera del convento y huerta. Al fondo, la Iglesia Mayor.

Trasera del convento y huerta. Al fondo, las torres de la Iglesia Mayor Parroquial.

  • Del futuro por venir

Decíamos al principio que el objetivo era reflexionar sobre la situación del convento, debido al reciente traslado de las últimas inquilinas, en un metafórico ciclo, al de San Miguel en El Puerto de Santa María, proceso éste que también forma parte de ese deambular del edificio por el tiempo. La cuestión es que de momento el inmueble queda sin uso, si bien es cierto que en la web del obispado se menciona la intención de que sea ocupado rápidamente por otra orden religiosa, de tal manera que el edificio mantendría su tipología y uso originario.

Por su parte, el P.G.O.U en vigor de San Fernando, otorga al inmueble protección integral lo que obliga al mantenimiento de las estructuras del conjunto, su volumetría, su composición espacial, permitiéndose tan sólo obras de restauración y conservación. Sin embargo, el edificio, pese a esta protección jurídica puramente arquitectónica, no está incluido en el Catálogo General del Patrimonio Histórico de Andalucía, algo que dada la situación presente favorecería la tutela del inmueble como bien cultural con las pautas y normas que establece la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía que incluye valores de protección, conservación y también de difusión. De este modo, entre la propiedad privada del bien y el valor público que supone su integración en los catálogos del Pgou y la inclusión, por su especial singularidad arquitectónica y urbanística, en los registros del patrimonio cultural de Andalucía, se lograría una perfecta tutela que daría solución a este inmueble, cuya parcela, ya dentro de la trama urbana de la ciudad, ocupa una extensión de 7.312 metros cuadrados con un amplio huerto y jardín.

En cualquier caso, se hace necesaria la rápida solución del problema planteado para los usos del inmueble, habida cuenta del progresivo deterioro que, el cierre de un edificio, supone para sus diversos valores.

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