¿La primera «sauna» de La Isla?

3 diciembre, 2020

Alejandro Díaz Pinto

Drando. en Humanidades y Comunicación

Sobre los baños de mar en San Fernando ha hablado largo y tendido M.ª Elena Martínez, Dra. en Filología Clásica, en su libro El Zaporito: 300 años de historia. Estos se popularizarían pasado el ecuador del XIX, pues los intentos de Hipólito del Pino para ofrecer el servicio durante la primera mitad del siglo nunca llegaron a fraguar.

Pero, casualmente, mientras este vecino trataba de llevar a buen puerto sus gestiones, otro tipo de baños funcionaron con éxito en La Isla durante la tercera década del Ochocientos: un establecimiento para baños de vapor se inauguró en 1824 en el número 11 de la calle del Auditor (hoy Isaac Peral), muy cerca del oratorio privado que acabaría convirtiéndose en la Capilla de la Asunción. Aunque no hemos logrado averiguar la identidad de su responsable, sabemos que era facultativo o cirujano del ejército francés, es decir, uno de los Cien Mil Hijos de San Luis en los que Fernando VII se había apoyado un año antes para reinstaurar el Absolutismo.

Dichos baños se presentaban como la solución a distintas enfermedades gracias a un aparato idéntico a los usados entonces en numerosas ciudades, hospitales y prisiones de Francia. La mejoría experimentada por muchos pacientes a lo largo de aquel año motivó su publicidad en 1825, pues se afirmó que curaban sarna, prurigo, herpes, tiña, reumatismos, perlesía, escrófulas y obstrucciones en glándulas del pecho y articulaciones, es decir, cualquier enfermedad cutánea o que tuviera consecuencias sobre la piel con independencia de su antigüedad. Tan seguro estaba de su método, que el facultativo renunciaba a cobrar a quienes no superaran sus males.

Usuarios de ambos sexos eran atendidos en el local «con la mayor decencia» y podían tomar baños aromáticos, emolientes o sulfurosos. Estos últimos eran los más efectivos sobre los dolores venéreos y reumáticos, pues los facultativos más prestigiosos de Francia certificaban el valor terapéutico de vapor resultante de la combustión del azufre, sin embargo, al contrario que los otros dos, ofertados durante todo el año, se paralizaban del 15 de noviembre al 15 de abril por requerir temperaturas más cálidas. Solían ser necesarias entre treinta y seis y cuarenta sesiones para acabar con la enfermedad y cada paciente debía proveerse de su propia cama.

Josefa S., vecina de la misma calle, llegó a curarse de un gravísimo problema según publicaron los medios. Esta chica, de veinte años, había sido tratada a los catorce de úlceras cancerosas en las fosas nasales y en el paladar, resultando parte de la superficie ósea al descubierto y el labio superior muy duro e hinchado, lo que le impedía ingerir alimentos sólidos y demasiado calientes o fríos. Ningún tratamiento a lo largo de los años siguientes paralizó su degradación hasta empezar con baños sulfurosos en este establecimiento el 13 de marzo de 1824: los siete primeros, a 48º, no provocaron el más mínimo sudor en ella pero, tras cuatrocientas doce sesiones repartidas a lo largo de dieciséis meses, logró fortalecer su salud. No le fueron cobradas al carecer de medios económicos.

Multitud de enfermos salieron satisfechos de allí en 1826. Solo dos no se curaron: una señora con ciática crónica y otro con dolores reumáticos en la rodilla derecha, atrofia en el muslo y afección escrofulosa. Aunque experimentaron cierto alivio, tampoco entonces existían los milagros. Las enfermedades venéreas requerían otros tratamientos más complejos. El facultativo francés llegó a plantearse ampliar el servicio con baños de aguas minerales artificiales suministradas por chorro, sin embargo, la última mención documentada, en 1828, solo refiere una rebaja en las sesiones a 6 reales de vellón.

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