¿Amanece o atardece? ¿Es el principio de un día o el final de él?

18 diciembre, 2016

por Boni Truhá / Fotografía: Ignacio Escuín

Antes de que despunten los primeros rayos del sol, una joven pasea con sus pies desnudos para sentir la fina y todavía fría arena que juguetea a esconderse entre sus dedos.

Está consigo misma. No necesita a nadie más. Camina despacio y risueña de un extremo a otro de la playa de Camposoto. No tiene prisa. Prefiere, en su fantasía, degustar y observar.

De norte a sur la recorre en silencio. Va por la orilla desde donde avista cómo las gaviotas se pasean y alzan su vuelo por encima de ella, mientras el mar le da refrescantes besos en sus tobillos. En una potente aspiración siente uno de los regalos que le ofrece; el aroma del yodo y el salitre que trae cada ola consigo y llega hasta sus piernas en un suave vaivén.

Pero en su camino inspirador se tropieza con uno de los búnkeres que acoge esta todavía solitaria playa; que aún se mantiene erguido para recordar al mundo un triste suceso, y que la transporta a un pasado tormentoso.

Esa estructura gélida de hormigón, ya resquebrajada y casi hundida, la traslada a un pretérito doliente, de guerras innecesarias que forman parte de la historia del hombre.

La «guerra». Palabra sinónima de odio, de no entendimiento, que causa estragos en la Humanidad. Palabra portadora de armas, sangre y fortalezas. Creadora de búnkeres como este; ahora ya casi derrumbado y que mira nostálgico a lo lejos al Castillo de Sancti Petri recordando lo que pasó.

Este inerte con pasado se hunde lentamente, agonizante en la playa que le tocó vivir, al que el mar engulle fatigosamente sin piedad.

«La guerra ya pasó» —piensa ella—. Y el dolor que causó debe servir para aprender del motivo que llevó a construirlo.

Pasarán los siglos, y las olas que ahora chocan contra él acabarán por devorarlo, sumergirlo, inundando ese pasado sangriento en el que perecieron muchas vidas.

No amanece; atardece. Esa historia ya pasó. Y este búnker que fue decisivo, defensivo, indestructible, que resistió a la guerra y al tiempo, ya está cansado de arrastrar tanta sangre.

Perderá su lucha contra la naturaleza, que supera a las guerras, a los edificios, al pasado. El arma más potente que existe y contra la que el hombre jamás podrá. Llegará su momento de rebeldía o de arrebato. Cuando ella elija. Hasta hacerlo desaparecer.

«No sé cuantos siglos pasarán antes de marcharte» —piensa la joven que lo observa—, pero espero que tu símbolo, que se mantiene tembloroso en pie, sirva para corregir todo ese pasado y represente lo que ya no debe nunca más ser. Y que esa palabra desastrosa, «guerra», quede relegada solo a hechos pasados y no presentes ni futuros.

«Te hundirás» —dijo ella—. Eso es inevitable. Pero te recordarán siempre. Y lo único que espero es que junto a ti, vestigio de la guerra, se derrumbe también esa palabra destructora.

Un amanecer aguarda impaciente. Un futuro brillante donde todas esas ligaduras pasadas que impiden avanzar perezcan junto a ti, búnker, para siempre.

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