Sin Parque Natural no hay futuro

1 julio, 2021

Francisco Caviedes Morales

Técnico Superior en Cultivos Acuícolas y en Guía, Información y Asistencia Turística

Son muchos años ya los que se llevamos escuchando eso de «para cuatro pájaros… ¿para qué queremos un Parque Natural?» o «que construyan ahí hoteles…». Parece que hemos olvidado que el Parque Natural es el vientre donde se gestaron las principales actividades industriales desde la época de los fenicios, es decir, la extracción de sal o la obtención de pescados y moluscos. Y estas actividades se mantuvieron con cierta fuerza hasta bien entrado el siglo XX. Por desgracia, a día de hoy solo hay una salina activa acometiendo labores de extracción de sal: San Vicente. Es turno de que entre en acción nuestra responsabilidad como ciudadanos isleños y la de nuestros políticos para luchar por recuperar esta industria prácticamente desaparecida y con la que se ha perdido una gran parte de nuestra identidad.

No necesitamos más derrotismo gratuito ni más complejos absurdos, ni más quejas desde el sofá de casa a través de redes sociales sin conocer siquiera la historia, la idiosincrasia o la importancia que como ciudad hemos tenido en distintas etapas históricas. La última la que aconteció aquel 24 de septiembre de 1810, cuando toda España puso sus ojos en esta pequeña ínsula llamada Villa de la Real Isla de León, anteriormente conocida como Logar de La Puente. Una fecha que inició la creación de la primera Constitución Española por ser, junto a Cádiz, las dos únicas poblaciones libres de la invasión napoleónica.

Volviendo al tema que nos ocupa, la actividad acuícola debe convertirse en uno de los principales motores económicos de nuestra ciudad, ampliando así la oferta de estos productos en toda la Bahía de Cádiz. En torno a un 60% del término municipal de La Isla es Parque Natural, con marismas, varias de ellas transformadas hace décadas en salinas y esteros, con sus chiqueros, cristalizadores o tajerías, sus evaporadores o vueltas de periquillo y sus vueltas de fuera. Pero debido al abandono de estas, los muros que suponen las vueltas de fuera se están desmoronando con el paso del tiempo, con todo lo que ello acarrea, pues no solo constituyen delimitadores de estas fincas; también sirven como muros de contención contra el efecto de las amplias mareas, protegiendo no solo los esteros sino los barrios más cercanos al Parque Natural de posibles inundaciones, como auténticas murallas defensivas naturales.

Actualmente hay empresas que están sacando provecho del potencial que este entorno nos ofrece, como es el caso del criadero y engorde de ostiones, también llamados ostras rizadas. Teniendo un local en el polígono industrial Puente de Hierro como depuradora de moluscos y crustáceos que hacen posible su venta comercial, es un claro ejemplo de lo que nuestros esteros pueden ofrecer. También productos como las algas o plantas salinas, como la salicornia, son cada vez más frecuentes en nuestra gastronomía.

Recientemente hemos podido saber que la salina El Estanquillo se está preparando para comenzar a generar actividad de extracción de sal y despesque o despesca, al igual que lo hace la antes mencionada salina San Vicente. Evidentemente esto supone una grandísima noticia, ya que se va viendo un ligero destello de luz en lo que ha sido un largo y oscuro túnel de decadencia y dejadez.

Dejemos claro que no se trata simplemente de la recuperación de una industria condenada a la extinción, sino también de parte de nuestra cultura e identidad. Se trata de generar un motor económico que gira en torno a una actividad industrial-cultural-deportiva. Sí, decimos deportiva. No podemos dejar de lado la oportunidad de crear este tipo de actividad, ya sea correr, bicicleta u oferta náutica, ya que es un complemento más para crear ese motor económico: encontrar el equilibrio óptimo entre lo industrial, lo cultural y lo deportivo.

¿Por qué no crear spas naturales con baños de barro? Ya lo hacen en la vecina Chiclana. ¿Por qué no hacer piscinas naturales de sal? Todos estos son ejemplos de cómo convertir un Parque Natural sin apenas actividad en un motor económico para la ciudad. Otra forma de generar riqueza de cara a una importante economía sería recuperar oficios artesanales como las carpinterías de ribera, construyendo barcas para transportar la sal o el pescado y demás productos de estero para llevarlas, imaginemos, a una futura lonja en Gallineras.

Tomemos como referencia productos como el atún de Barbate, el aceite de oliva virgen de Jaén o los vinos de Jerez, Sanlúcar y El Puerto. Se trata de una materia prima que está ahí a nuestra disposición, solo hay que potenciarla. Es el caso de los productos salidos de los esteros, un cultivo extensivo que no necesita de alimentación artificial ya que estas aguas de fondos fangosos son ricas en fitoplancton, alimentándose de forma totalmente natural, lo que da un extra de calidad, al igual que el jamón que se saca de los cerdos que se alimentan de bellotas en las dehesas. Y tenemos otro producto que, de volver a explotarse, se convertiría también en producto estrella como es la sal; condimento que usamos a diario para dar sabor a nuestras comidas. En concreto la flor de sal es lo más codiciado, ya que es la parte más delicada de recolectar y la de mayor calidad, siendo la finísima capa de sal que queda en la superficie de la lámina de agua en las tajerías cuando se van evaporando.

Recientemente observamos con satisfacción al recorrer las cercanías del mercado de abastos, una tienda de alimentación en cuyo escaparate lucían no solo las latas de caballa del Abuelo Paquiqui sino también bolsas muy bien preparadas y presentadas de sal virgen fina y sal virgen gruesa de la salina San Vicente. No es una exageración hablar del gran orgullo que se apodera de nosotros al descubrir un lugar donde venden algo tan made in La Isla.

De eso se trata, de saber lo que tenemos y lo que podemos tener si aprovechamos ese potencial de productos y materia prima a la que habría que añadir los vinos Mahara, con una calificación de 91/100 que los sitúa entre los mejor valorados del mundo.

Poco a poco se va ampliando la oferta y comercialización de nuestra despensa natural y esto solo supone crear, potenciar y difundir la marca La Isla que tanto nos hace falta. Vamos a remolque en muchas cosas con respecto a ciudades del entorno, y no es porque carezcamos de ellas sino por falta de visión. Es momento de comenzar a remontar y no quedarnos atrás ni en productos gastronómicos, ni en industria, ni en cultura relacionada con nuestra identidad. Estamos rodeados de marismas, salinas y esteros: ¿cómo no vamos a tener futuro en la industria acuícola?

Esperemos que, cuando llegue el otoño, veamos montañas de sal en El Estanquillo y poco a poco a lo largo de todo el Parque Natural desde San Vicente hasta Camposoto, incluyendo también las salinas del Sagrado Corazón junto a Bahía Sur. También, por qué no, las casas salineras reconstruidas con fines divulgativos y culturales sobre esta industria. Y por supuesto no olvidemos a los ornitólogos ni a todos aquellos amantes de las aves que aquí también tienen su sitio para disfrutar del paso obligado que realizan las aves en sus migraciones por esta zona. Sería conveniente dotar de senderos con pasarelas elevadas y zonas de observación eliminando de nuestra mente esos pensamientos negativos de que «no vale la pena por cuatro pájaros» cuando seguro que las personas que dicen tal cosa no han dado un paseo por el sendero del Carrascón disfrutando de su paz, sus vistas y el olor a marisma.

Finalicemos recomendando a todas esos derrotistas y acomplejados que por desgracia abundan en nuestra tierra, que lean mucho; que lean libros sobre nuestra ciudad, que afortunadamente hay muchos; que si se toman la molestia de comentar desde el sofá en muchas ocasiones desprestigiando sin fundamento, que se la tomen también para adquirir un buen libro sobre la historia y todo lo relacionado con La Isla. A ver si por lo menos así valoran un poco más el lugar donde viven, que no es tan malo como creen.

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