Un retrato de La Isla decimonónica

8 mayo, 2021

Francisco de Paula Madrazo

27 de octubre de 1849

A dos leguas de Cádiz hay un pueblo cuyos grandiosos restos revelan su importancia antigua: ciudad célebre desde la cual se lanzó en 1820 el primer grito de libertad que el eco del patriotismo repitió luego en toda España; Departamento Marítimo, sin duda el mejor, como es el primero de la nación, pero pueblo triste y decaído hoy porque su vida y su prosperidad van íntimamente enlazadas a la vida y a la prosperidad de nuestra Marina. El viajero que por primera vez entra por su calle Real, por aquella espaciosa y magnífica calle que compite en anchura con nuestra famosa calle de Alcalá y la excede en extensión, puesto que empieza en el camino de Cádiz y termina en el Puente Zuazo; al tender sus ojos por aquella calle tan inmensa como desierta; al contemplar aquellas lindas caitas blancas todas y bajas las más con sus cierros de cristales, velados por verdes cortinillas donde se estrellan las miradas de los curiosos y a duras penas penetran las de los amantes; y al observar que en todas partes reina el silencio más profundo y la soledad más completa; cree visitar una ciudad habitada por impalpables sombras y, sin embargo, se halla en un pueblo donde no hay casas suficientes para su población. Nos referimos a la ciudad de San Fernando, generalmente conocida por el nombre de la Isla de León, ¡¡La Isla!! He aquí la que nosotros dimos en llamar la ciudad de las sombras y, no obstante, en pocos pueblos de España se reunirá una población más selecta, más numerosa y más brillante. Dependientes la mayor parte de sus vecinos del Ministerio de Marina, puede decirse que allí, como en Cádiz, no se conoce esa clase de gente a quien se distingue con la calificación de populacho. Casi todos son allí marinos, desde el tierno niño de ocho años que asiste al colegio preparatorio con su chaquetita de guardiamarina hasta el jefe de la familia, teniente de navío o capitán de fragata que surca las aguas de Italia o de América, o está agregado a alguna comisión del servicio en el Departamento. Fuera de las familias de los marinos, que forman el núcleo de la población, solo hay las de los propietarios que viven de las rentas de sus fincas o de las no menos pingües que les dan las salinas, único ramo de riqueza allí explotable.

Todas estas familias numerosas cuentan en su seno, como es fácil presumir, con preciosos pimpollos de quince a veinte abriles, tiernas y olorosas flores que van creciendo espontáneas sin que influyan en su desarrollo los vivíficos rayos de un sol que no ven nunca. En La Isla no se concibe la necesidad de salir las señoras a paseo; aquellas niñas encerradas todo el año detrás del cierro de sus ventanas bajas solo pisan la calle los días de misa de precepto acompañadas por sus mamás, y eso lo hacen muy de madrugada; las que van a misa de doce expónense mucho a pasar por casquivanas y loquillas. Cumplido el deber religioso, y satisfecho también el que se mira allí como sagrado de las visitas de etiqueta, enciérranse las niñas en sus casas y se colocan detrás de sus rejas, verdaderas baterías desde las cuales pasan por las armas de su murmuración sin piedad a cuantas personas poco conocedoras de las costumbres de La Isla, y prevalidas de la soledad de sus calles, se lanzan a ellas con cierto abandono en su traje.

De esta vida solitaria y triste en que consumen sus mejores días las jóvenes isleñas quéjanse de continuo, lamentándose con razón de que una vanidad mal entendida y el lujo, esa insaciable debilidad de las mujeres, retraiga a una sociedad que tantos elementos cuenta de animación y de vida, de estrechar lazos queridos y relaciones simpáticas en reuniones nocturnas numerosas que interrumpiesen de vez en cuando la monótona tristeza de las eternas noches de invierno. Recientemente ha tratado de satisfacer esta necesidad con un brillante baile el Casino de San Fernando, punto de reunión de todos los caballeros de La Isla, el cual ha abierto sus elegantes salones a todas las familias más distinguidas para solemnizar su inauguración.

La Isla no tiene otro paseo que una gran plaza cercada de árboles que se llama la Alameda, situada en el centro de la calle Real; el camino de Cádiz y del Puente Zuazo no merecen el nombre de paseos y, sin embargo, son los únicos puntos donde tiene que dirigirse el que sale de su casa con ánimo de pasear; si se dirige por cualquier otra parte fuera de la ciudad, las cortaduras de agua formadas para las salinas se interponen para cerrarle el paso. Aquellos montones de sal en forma de pirámides que rodean La Isla, destacándose sobre el fondo de la campiña y reflejando su blancura en las aguas de los riachuelos, ofrecen desde cualquiera de las azoteas del pueblo un pintoresco y alegre panorama.

Escena costumbrista en un cierro relacionable con cualquiera de los pueblos de la Bahía.

Escena costumbrista en un cierro relacionable con cualquiera de los pueblos de la Bahía.

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