Perderse en La Pastora

15 agosto, 2017

por Juan Antonio Carrasco Lobo

Articulista y escritor; autor del poemario ‘De Profundis’

«Me perdías. Sí, eras tú y no yo quien conducía mis pasos por tu cuerpo de blancos y olores añejos; con tus sonidos de toda la vida desde que la mía se unió a ti para siempre, por capricho o destino»

Qué complejo fue romper con todo aquello que significaba tanto para uno. Pararse a pensar si merecía la pena, pero sabías que la decisión estaba tomada; y en la distancia, cuando el paisaje que se presentaba ante tus ojos no tenía nada que ver con aquel otro donde, sobre todo, destacaba la calma sobre tu alma, comenzabas a echar de menos lo que dejaste atrás.

Pasear, hoy día, por mi barrio —el de La Pastora— es, para mí, como escribir infinitas estrofas, interminables renglones de versos. Llámenlo, si quieren, amor desorbitado; aunque yo lo resumiría como ‘pasión’.

La distancia que me separa de sus rincones que —como citaba— llaman a la paz más rebuscada; de sus juegos de toda la vida a dos vientos, entre caliches que se deslizan del tronco de antigua piedra como las hojas de las ramas. Ese camino de suspiros, que algunos llaman ‘AP4 Cádiz-Sevilla’, me ha servido para llenar páginas y páginas de pensamientos, reflexiones, añoranzas y hasta viajes inexistentes mientras, deambulando por la misma ciudad natal del poeta de mis amores —Bécquer—, me creía paseando por ese río blanco de azahares en el que se convierte, cada primavera, la calle Ancha; oía el aromático pitar de las ollas del ‘Naca’, y hasta me parecía divisar la enjuta figura de mi tata María (a la que llamaban ‘la Gitana’) esperando que regresara del colegio, paciente y charlatana, en la esquina de Santa Rosalía con Mariana de Pineda junto a la panadería de Manolo, que despotricaba con vehemencia sobre alguna clienta mal encarada. Mientras, su hermana, Rosario, tejía ajena en un rincón de aquel viejo accesorio, sentada en una mecedora que, por lo menos, tenía los mismos años que el local.

San Fernando, una ciudad que se ha modernizado a base de cemento y demasiados destrozos urbanísticos, conserva aún la esencia de aquella Isla en sus barrios; aunque, a pesar de mi no tan longeva edad, ya parece que esta se haya desvanecido entre los recuerdos de sus gentes.

De Gallineras a La Casería nos encontramos pequeños retiros, ‘cuasi’ espirituales diría, para el romántico cañailla; reductos donde hallar el verdadero encanto de esta tierra. Y entre esos restos, ocultos sin estarlo para el foráneo, está al que yo le rezo más que citarlo; una especie de espacio protegido, afortunadamente, por sus propios vecinos que, más allá de considerarlo un lugar donde vivir, lo han convertido en un lugar para disfrutar.

Lindando con aquel del Cristo y con el mismo centro de la ciudad, sus fachadas blanqueadas, sus calles alegres y luminosas donde, a veces, parece haberse quedado atrapado el tiempo, hablan de un barrio dinámico, con inquietudes por mantener las tradiciones de toda La Isla, pero con un sello particular. Con el anhelo de renovarse antes de morir en la desidia. Con la premisa de ser punto de encuentro de la cultura en cualquiera de sus aspectos, a lo largo de todo el año.

Entrar a este emblemático enclave isleño, por ejemplo, a través del Callejón de Cróquer es, hoy por hoy, ofrecer dos versiones de la misma ciudad: una, aquella renovada con dudoso gusto de la antigua vía ‘de las tres avenidas’ —hoy y siempre, Real—; otra, la que uno descubre al encontrarse con las de Diego de Alvear, Colón, Manuel Roldán, Santo Domingo, San Rafael, Jesús de la Misericordia, San Miguel, Bonifaz, Carraca, Sánchez de la Campa, Santa Cruz, Santo Domingo, Daniel González, Marconi… ¿más?

¡Más! Es, para no pocos, rememorar nombres, comercios, personas y personajes que le otorgaron su idiosincrasia. La pastelería La Hortensia, la farmacia Matute, la academia Ramos, Cámara, Créditos Dice, bazar La Esperanza, La Perla, el bar de Tino en la plazoleta de las vacas, la tienda del Majanillo, el güichi y tienda de comestibles de Alfredo o la de Paco ‘el Lechero’, frente a frente en las esquinas de Daniel González; el ‘ultradetodo’ de Gregorio, aquel pequeño negocio de intercambio de libros al inicio del ya nombrado callejón, donde aún se encontraban el TBO, las aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno y las novelas de, por ejemplo, Corín Tellado o El Coyote, que regentaba un hombre que se llamaba Juan; la Peña Taurina Ruiz Miguel, la Tertulia Flamenca de La Isla, el taller del Canario… ¿más?

Como decía al principio, pero usando la primera persona, me perdía. Si pudiera, cada día que amanece me volvía a perder entre los miles de veces andados adoquines de mi barrio. Me perdería para volver a reencontrarme con ese niño enclenque y tranquilo que, desde hace ya muchos años, me busca cada vez que tiene noticias de que regreso por aquel camino de los suspiros de la ‘AP4’. Pero mientras llega ese momento harto esperado, yo les invito, les recomiendo, que lo hagan por mí (y por ustedes mismos), y descubrirán —si no lo han hecho ya— que pasear por aquel ramillete de calles desprende un personal perfume de isleñismo condensado en su propio nombre.

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