La Orden Seglar de los Siervos de María: De Florencia a la Isla de León

23 marzo, 2016

por María Cristina López García

Cuando en los días previos a la Semana Santa hojeamos los itinerarios, quizás pase desapercibido el dato de que no solo realizan su estación de penitencia hermandades y cofradías, sino que también una orden tercera, la de los Siervos de María, realiza desde años pretéritos su peculiar procesión con la venerada imagen de Nuestra Señora de los Dolores por las calles de San Fernando.

Dicho esto quizás el lector se cuestione cuál es la diferencia entre una hermandad y una orden tercera. Pues bien, desde en la jerarquía, pasando por la competencia eclesiástica, o hasta en el caso de San Fernando, lo más puramente estético, podemos encontrar diferencias entre ambas asociaciones de fieles. Estamos hablando por tanto de un grupo de personas, que sin dejar de ser laicas, confluyen en torno a un grupo de frailes (en este caso servitas), con el único deseo de unirse a la orden y su espiritualidad.

Para conocer brevemente la historia de la Orden Seglar de los Siervos de María, debemos remontarnos a la ciudad de Florencia en los primeros años del siglo XIII, momento en que siete ricos comerciantes (los Siete Santos Fundadores) deciden abandonar la sociedad bélica del momento y trasladarse a un pequeño monte próximo a la ciudad florentina (Montesenario), donde vivir una vida austera y contemplativa. Cuenta la leyenda que es en este lugar donde la Virgen María, bajo la advocación de los Dolores, entrega el hábito a estos siete hombres, hábito que por cierto siguen vistiendo sus laicos cada Miércoles Santo por las calles de nuestra ciudad. Tras la adopción de las Reglas de San Agustín y de su elevación a rango de Orden Primera por el Papado, ese mismo monte fue la ubicación de un gran convento, casa de todos los servitas.

Una vez conocido estos remotos orígenes, y haciendo alusión al título de nuestro artículo, cabe preguntarse cómo termina implantándose la florentina Orden Seglar de los Siervos de María en territorio isleño. Para eso tenemos que dar un salto en el tiempo y ubicarnos en la capital gaditana a comienzos del siglo XVIII, donde el Obispo de la Diócesis, el Excmo. e Ilmo. Sr. Lorenzo Armengual de la Mota, en uno de sus viajes a la capital italiana conoce en el Convento de San Marcelo (sede de la Casa Generalicia de los Padres Siervos de María) el modo de vida y características de esta congregación. Sin dudarlo solicitó el permiso oportuno para fundar en Cádiz una Venerable Orden Tercera, teniendo su sede en la gaditana Iglesia de San Lorenzo.

De esta manera la devoción a Nuestra Señora de los Dolores se difundió a lo largo y ancho del territorio gaditano, y en la Isla de León no iba a ser menos, pues en esta zona se encontraban las grandes fincas de recreo de las ricas familias gaditanas que trajeron consigo la devoción a la Patrona de los Servitas. Es así como se formó una congregación de fieles que consiguieron el 26 de julio del año 1759 que desde el Convento de San Marcelo de Roma se firmara la patente por la cual se erigió la Orden Tercera en la villa, haciéndose oficial en marzo de 1760 tras un decreto del Obispo fray Tomás de Valle.

La orden isleña, que en un principio estuvo regida por la reglas de la orden Servita gaditana (hasta la redacción de unas propias a principios del siglo XIX), se congregó en torno a una dolorosa de procedencia y autoría desconocida, pero con total seguridad perteneciente al brillante círculo de escultores genoveses tan próspero en aquellos años. La delicadeza de su mirada y la elegancia de sus manos entrelazadas, así como su innegable actitud de dolor, la convierten en una de las piezas clave de la imaginería isleña aún en la actualidad.

Por devenires de la historia, y muy a nuestro pesar, poca es la información que conservamos de esta genuina congregación, y muchas son las lagunas que encontramos en el camino. A excepción de algunos enseres, como por ejemplo la magnífica corona de plata del siglo XIX, pocos son vestigios que nos aportan información sobre la vida de estos hermanos en los dos primeros siglos de vida. Para ello debemos situarnos a comienzo del siglo XX, cuando gracias a la prensa local comenzamos a conocer modestos datos de la Orden, que por entonces sería conocida como ‘Hermandad de los Dolores’ o ‘Asociación de los Dolores’. Suponemos que a lo largo de doscientos años la fraternidad sufrió continuos altibajos, hasta el punto de que en los años de la dictadura franquista no encontramos más que una minoría de fieles dedicados a rendirle culto a la antigua dolorosa y a custodiar el que era el rico patrimonio de su titular.

Como particularidad sabemos que este grupo estaba formado únicamente por distinguidas señoras que personalmente, con una insignificante ayuda parroquial, celebraban anualmente el Septenario de los Dolores. Es curioso como aún se conserva en la memoria colectiva esta época piadosa y de humilde congregación, conocida dentro del mundo servita de nuestra ciudad como ‘la época de las Damas Isleñas’.

Tras esto se abrirá paso a la que quizás sea una de las etapas más pujantes de la fraternidad, aunque paradójicamente la orden como tal se encontraba totalmente inactiva, llegando incluso a quedar en desuso los antiguos nombres de los cargos de la Junta de Gobierno, funcionando como una hermandad más de la ciudad de San Fernando. Las ‘Damas’ darán el relevo a una nueva y peculiar hermandad de penitencia, al frente de varios jóvenes, que será conocida como ‘Mater Amábilis’, seudónimo que se sigue utilizando en nuestros días, especialmente por aquellas personas que por su edad, vivieron el esplendor de estos años de la dolorosa. Además, es también en esta etapa, concretamente en el año 1976 cuando se decide incorporar como titular al Santísimo Cristo de la Buena Muerte, obra a tamaño académico realizada en resina por el artista isleño Don Alfonso Berraquero García. Pero sin duda alguna, uno de los grandes aciertos de estos jóvenes de ‘Mater Amábilis’, fue que por primera vez se decide indagar en las raíces de la fraternidad, donde descubren (a diferencia de lo que se pensaba) que la Venerable Orden Tercera de los Siervos de María de San Fernando no estaba extinguida, sino que únicamente vivía un periodo de inactividad.Como particularidad sabemos que este grupo estaba formado únicamente por distinguidas señoras que personalmente, con una insignificante ayuda parroquial, celebraban anualmente el Septenario de los Dolores. Es curioso como aún se conserva en la memoria colectiva esta época piadosa y de humilde congregación, conocida dentro del mundo servita de nuestra ciudad como ‘la época de las Damas Isleñas’.

Esto fue lo que dio lugar a la desaparición de la fugaz ‘Hermandad de Mater Amábilis’, a la vez que se volvía a abrir las puertas al título y al modo de vida servita tal y como se venía haciendo desde aquellos años centrales del siglo XVIII.

Quizás tras estas pinceladas históricas sobre la Orden Tercera de los Siervos de María, el lector observe con otra mirada el transitar del paso de templete de Nuestra Señora de los Dolores, y cuando su manto se aleje entre el humo del incienso y el rezo de la Corona Dolorosa por el viejo Callejón de Ánimas, recuerde que ante él han pasado siglos de historia y devoción vividos desde el espíritu y el sentimiento que un día la misma Virgen entregó a los Siete Santos Fundadores.

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