La investigación de isleño Alberto Pérez Posada en el Institut de Biologia Evolutiva de Barcelona

28 agosto, 2017

por Alejandro Díaz Pinto

Ldo. en Periodismo y Máster en Patrimonio Histórico-Arqueológico

El biólogo, de 24 años, cumple un año en el desarrollo de su tesis sobre la presencia del gen P-53 en organismos unicelulares. El Multicell Genome Lab, al que pertenece, desarrolla un novedoso proyecto sobre el proceso de transición a la multicelularidad como punto de inflexión en la historia de la evolución animal.

Aunque la prensa se hiciera eco hace pocas semanas, lo cierto es que Alberto lleva un año investigando en Barcelona tras convertirse en beneficiario del programa ‘Obra Social La Caixa’ para estudios de doctorado. Se trata de una beca muy competida entre investigadores de las distintas ramas del saber para la que «no solo se tiene en cuenta nuestro historial académico, sino también nuestra actitud y capacidad de emprendimiento», explica mientras trata de poner en orden todos los pasos que cumplió para recibirla, entre ellos, recomendaciones de algunos profesores que le habían impartido clase, una memoria donde él mismo debía justificar sus aspiraciones e incluso una entrevista ante un comité de científicos de renombre encargado de dar el visto bueno definitivo tras su preselección.

Lo importante es que este isleño ha cumplido su sueño o, más bien, ha empezado a cumplirlo. Con solo 24 años ha entrado a formar parte del Institut de Biologia Evolutiva de Barcelona (IBE), organismo constituido en 2008 por el CSIC y la Universidad Pompeu Fabra para estudiar los mecanismos de generación de diversidad biológica con el objetivo de analizar la base genética de las diferencias, prestando especial atención a cómo estas interactúan con el medio ambiente. Alberto forma parte, en concreto, del Multicell Genome Lab, donde se está llevando a cabo un planteamiento muy novedoso en la investigación sobre el origen de los animales, contemplando —aquí radica la particularidad— a los organismos unicelulares sobre los que radica su origen. «Hasta ahora —explica— nos habíamos centrado en organismos pluricelulares simples, como las esponjas o las medusas, dejando a un lado una parte importante de la película; sus antecedentes unicelulares y aquello que provocó la transición a la multicelularidad como punto de inflexión en la historia evolutiva de los seres vivos».

Esto se hace mediante la caracterización de una serie de «genes que ya formaban parte de estos organismos unicelulares» y estableciendo comparativas con otros más complejos. Alberto se centra en la presencia de uno de estos genes, denominado P-53, en el organismo unicelular ‘capsaspora owczarzaki’. «Se trata de un gen muy estudiado en el mundo animal y del que depende, en cierto modo, la existencia del cáncer». Con toda la prudencia que requiere el tema y desviándose del objeto puramente teórico de la investigación, reconoce que «me encantaría que el estudio sirviera para arrojar algo de luz sobre este problema; demostrar, al menos, que éste ha estado presente desde la entrada en juego de la multicelularidad». En el plano unicelular está, en cambio, muy poco estudiado, por lo que «aún no podemos desarrollar experimentos clásicos de genética con ellos», expone. Para que esto sea posible deberán convertirlos en ‘organismos modelo’ como ocurre con la levadura, las moscas o los ratones. En ello se encuentran trabajando en la actualidad.

Ejemplar de la ameba Capsaspora owczarzaki, una de las especies unicelulares parientes de los animales.

Ameba Capsaspora owczarzaki, una de las especies unicelulares parientes de los animales.

Carrera meteórica hasta el IBE

«Desde pequeño he sentido fascinación por los seres vivos que nos acompañan en la tierra», indica acerca de su iniciación en la Biología que, como queda patente, se perfiló antes de lo habitual. No obstante, reconoce que «durante los años en el instituto dudé sobre lo que quería hacer». También se sentía atraído por las matemáticas, la filosofía y los idiomas. Su dotes como orador lo avalan. Por suerte contó con excelentes profesores en el IES La Bahía como Rosa Chillerón, Blas Ramírez o Francisco Fernández Díaz, que le regalaron una de las lecciones más valiosas de su vida, la de tener en cuenta sus aptitudes por encima de las salidas profesionales de la ruta que optara por escoger. «Si algo te entusiasma, antes o después, de una forma o de otra, puedes alcanzar ese objetivo; es algo de lo que me autoconvencí y que me ha servido», sentencia: «Me negué a rehuir de una pasión por miedo al futuro».

De su primer contacto en bachillerato con los organismos unicelulares, observándolos en muestras de agua a través del microscopio, pasó a cursar el Grado en Biología por la Universidad de Sevilla. Durante el último año, en el desarrollo de su TFG, se ‘reencontró’ con las protistas pero desde otra perspectiva. «Ahora tenía mucho más interés, pero también era más consciente de la precariedad por la que está pasando la investigación en España», explica. En ambos sentidos contribuyó su inclusión en el grupo de protistología perteneciente al departamento de mocrobiología de la US dirigido por Eduardo Villalobo. «Gracias a esta experiencia conocí, desde dentro, el funcionamiento de un laboratorio».

No tuvo reparo a la hora de presentarse por Internet a los responsables del Multicell Genome Lab dirigido por Iñaki Ruiz Trillo mientras aún se encontraba terminando su Trabajo Final de Grado, centrado en la caracterización de aquellas proteínas que se encargan de vigilar y regular la expresión de los genes. Hizo contactos, les manifestó su interés… en definitiva, se arriesgó. En pleno período de exámenes subió a un avión destino Barcelona invitado por los que hoy son sus compañeros en un momento donde nada era seguro. Pero les convenció. Al concluir la carrera, se trasladó a la capital catalana para cursar un máster en Genética y Genómica por la Universitat de Barcelona desarrollando en este mismo laboratorio un proyecto sobre ‘transfección’, es decir, una técnica para introducir material genético en el ‘capsaspora owczarzaki’. Durante este año fue determinante el apoyo de su compañera Helena Parra, del mismo modo que el del doctor Andrej Ondracka en la fase por la que está pasando actualmente, la realización de su tesis doctoral. «He aprendido mucho sobre cómo debe funcionar la mente de un científico», explica, en un ambiente de horizontalidad donde prima la camaradería y el compañerismo.

Reto superado

Como premio a tanto esfuerzo, Alberto obtuvo una beca para permanecer tres años en el IBE mientras desarrolla este proyecto. El centro, a su vez, ha salido ganando con un joven brillante, de ideas claras, que disfruta su trabajo por encima de todo. Claro que no renuncia a la crítica a la hora de lamentar la presión y la competitividad que sufren los investigadores, por ejemplo, en relación a sus publicaciones científicas. «Esto va en detrimento de su calidad». Critica la invasión de la mentalidad capitalista en este área del conocimiento donde cada vez se busca más la rentabilidad, y con ella el sensacionalismo, así como la falta de compromiso por parte de entidades financiadoras con los ideales de la Ciencia, mirando más el nombre del laboratorio que las posibilidades del proyecto presentado. «Algunos grupos, de hecho, ni se plantean solicitar financiación«.

«La actitud ante la Ciencia, como ante el Arte, debe ser imparcial; menos sesgada y más objetiva», concluye.

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