‘La gente del mar’. Un texto de 1898

26 julio, 2017

por Ernesto López Fernández en La Correspondencia de España [08/04/1898]

localizado y transcrito por Alejandro Díaz Pinto [26/07/2017]

LA GENTE DEL MAR

   Quien no conozca bien la vida de los puertos, no tiene idea de una de las más grandes emociones que puede sentir la multitud. Hay pocas cosas vivas que tengan tanta vida como la mole inerte y sin conciencia de un navío.

   Un barco tiene alma. Es «persona». Cuando se trata de la balandra, o del candray, o del falucho con poco bulto y con mucho aparejo, la «personalidad» del barco parécese a la de un obrero, a la de cualquier trabajador que gane rudamente el pan diario; y así, a La Esperanza, o a la María del Carmen, o al San José, o a cualquiera de esos buquecitos que bordean las costas en el cabotaje o que se mecen en las mares altas para la pesca de parejas, se les mira salir y entrar del puerto, igual que se contempla al minero cuando entra o sale del pozo, negro y hondo, donde arriesga la vida diariamente.

   Si es el bajel algún poderoso transatlántico, se le «respeta» y se le quiere como algo no perteneciente a un hombre o a una empresa, sino como bien común, por el cual todos pueden cobrar renta, pero todos se sienten con afecto y orgullo.

   La entrada o salida de un vapor es espectáculo tan lleno de interés, que no parece constantemente repetido. Se les conoce mucho a estos buques, se les sabe de memoria, se les llama con familiaridad, abreviando los nombres, como se hace con individuos de familia, y no se dice: «Mañana sale el María Cristina o el Ciudad de Cádiz», sino que se pregunta: «¿Cuándo zarpa el Cádiz?», «¿Cuándo llega el Cristina?».

   Una tardanza de dos días consterna a una ciudad. Porque el Mindanao no ha aparecido o no se sabe del Antonio López, cualquier puerto de mar toma un excepcional aspecto. Dijérase que hay algo parado y suspendido en la vida de todos. Se pregunta al vigía, se va al muelle, «¿Hay noticias en la Transatlántica?», «¿Qué dicen en capitanía?». Hasta los faltos de parientes o intereses en el vapor que tarda, no se acuestan tranquilos; a última hora, solo se habla de esto en las familias; y cuando una ráfaga de vendaval o de galerna azota con fuerza los cristales, la gente se pregunta en el lecho: «¡Qué tiempo! ¿Qué será del vapor?».

   Descubre el vigía la embarcación, y la noticia es general en dos minutos, «¿Dónde va usted?» se dice, «A ver entrar el barco» se contesta. Los muelles o las murallas llénanse con centenares de personas, y cuando suena el cañonazo y ancla el buque majestuosamente, los que no fueron al muelle y se quedaron en sus ocupaciones, dicen: «Ya ancló», «Ya está ahí», como quien se libra de un gran peso; y luego se preguntan y se enteran, llenos de cuidado, de cómo sufrió el buque un temporal en el Estrecho, y perdió una paleta de la hélice, y apenas pudo gobernar y por poco naufraga, hasta que al fin salió dando bandazos, y mañana va al dique a reponerse, y hasta otra.

   ¡Y qué perdurables son el afecto y la memoria a un buque! Once años después de perdido el León XIII, oí con emoción muy honda a unos labradores de Castilla, en un pueblecito donde no se sospecha la existencia de grandes barcos, ni aun de grandes mares, las coplas que aprendí a cantar en el colegio y que compusieron los marineros de mi tierra cuando el naufragio de aquel poderoso transatlántico:

«De la bahía

de Liverpool

lleva sus anclas

el vapor León»

   Y esto en tierra adentro; que allá, en la costa, donde se pierda el menor buque, os dirán veinte años después todas las terribles incidencias del siniestro que llevó al mar muchos cadáveres y la desolación a una comarca.

***

   La desdicha hace crueles, y la alimentación insuficiente, anémicos; pero yo no conozco, sin embargo, gente donde la fortaleza de cuerpo y la sanidad de alma lleguen a más que en esa pobre gente marinera, expuesta cada día a perder la existencia y alimentada a diario con tajadas duras e indigestas de pescado azul. El yodo que aspiran ampliamente de las aguas, basta a los marineros para aumentar los glóbulos; el peligro corrido continuo y despreciado a todas horas les da bondad de corazón, y no hay en ningún lado hombre más fuerte, más alegre, más bueno y más cordial que el marinero.

   No se me olvida nunca… Una mañana, un chico, amigo de una familia de mi casa, y yo, nos metimos solitos, allá en la playa de Sanlúcar en una patera que teníamos. Nos fuimos mar adentro en un barquillo como aquel, sin quilla ni timón; y ya muy lejos, se nos rompió el estrobo de uno de los remos, y remando con uno y dando vueltas, nos vimos arrastrados a aquella barra de Bonanza, en donde se han hundido tantos barcos. Empezamos a gritar. Por allí no había nadie. Vimos que se acercaba una balandra; gritamos más, y el barco, que venía muy deprisa, nos pescó al paso, nos metió a bordo, y no pudiendo detenerse en tierra, nos llevó hasta Huelva. Alcánzanos un mediano temporal, y el patrón, un Juan Manué que no olvidaré nunca, atendía más que a la maniobra, a nuestro llanto; y cuando volvimos a Sanlúcar, nos dejó en nuestras casas y nos besó y no quiso tomar una propina, y en cambio, nos envió de regalo un barrilillo de aguardiente.

   Mucho tiempo después, cada vez que yo caía por Sanlúcar, me iba al Bajo Guía y buscaba a Juan Manué, al patrón, con quien bebía unos medios chatos de vino de la tierra, mientras recordábamos nuestra travesía de marras, y él me contaba su último mal viaje, entre las bocanadas de la pipa y dos sorbos al vaso.

   El pobre acabó mal. Naufragó una noche, y se salvó; pero estuvo mucho tiempo en el agua y quedó malo para siempre, y ya no hizo más viajes. No sé si habrá muerto; pero hace siete años, aún fumaba su pipa allá en el Bajo Guía, templando como si estuviera azogado, con un temblor que él llamaba perlático y que cogió una vez para siempre, de humedad, no de miedo, aquella noche del naufragio, que estuvo tanto tiempo luchando con las olas.

***

   Se habla de guerra, de guerra por el mar, y España entera se conmueve; pero no podrá nadie comprender lo horrible de esa guerra y lo imponderable de sus duelos como la gente marinera, la gente de los puertos y las playas; esa que vive en inquietud perpetua, mirando el agua y consultando el cielo; esa que sabe lo que cuestan las olas, por el ejemplo y la lección diarios del buque que se tarda, del vapor que no arriba, del humilde falucho que se pierde, y que guarda con esto infinitas memorias de quien se hundió en el choque, de quien se ahogó en la tempestad, de quien por un golpe de aire cayó del mastelero para estrellarse el cráneo en la bodega.

Claudio Frollo.

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