‘La Almadrabera Española. Una industria importantísima que San Fernando desconoce’

8 enero, 2018

por M. Caramé en Heraldo de San Fernando [28/05/1919]

transcrito y comentado por Jonatan Alcina Segura [07/01/2018]

Comentario.

Antes de comenzar la lectura de este ameno artículo del Heraldo de San Fernando de 28 de mayo de 1919 (1) conviene aclarar cuáles son los objetivos que me han llevado a su transcripción. Pese a la caótica situación económica y política de la España de entonces, envuelta en la celebración de nuevas elecciones generales convocadas para junio de aquel mismo año, no es el uso de la prensa escrita como medio para la propaganda política y el autobombo de caciques, próceres y ricos hombres el tema que centra mi interés en las páginas de este periódico. Por el contrario mi lectura «ingenua» —si cabe el apelativo— se ha limitado a extraer del texto firmado por M. Caramé un elemento que nunca debe pasar desapercibido para los habitantes de una localidad: su paisaje. Del mismo modo las líneas introductorias pretenden sensibilizar al lector con la belleza del relato que se trae a colación.

En el artículo Caramé llama la atención sobre la factoría almadrabera situada a las afueras del casco urbano cañaílla. La industria pesquera en general y la almadrabera en particular —como nos recuerda el profesor David Florido del Corral (2)— han sido históricamente un elemento indispensable en la configuración territorial de la franja litoral de la actual provincia de Cádiz. El ejemplo más visible es quizás el área litoral de La Janda donde los escudos heráldicos de algunas de las localidades que la jalonan nos hablan del papel jugado por la almadraba como elemento «humanizador» del espacio. En la costa jandeña, desde tiempos inmemoriales, y salvo intervalos, la actividad pesquero-industrial almadrabera se ha venido realizando ininterrumpidamente hasta la actualidad. De este modo ha ido configurando un paisaje cultural vivo y donde se siguen generando símbolos que con mayor o menor suerte unen a estas poblaciones a los trabajos relacionados con el atún.

En otras áreas territoriales, debido a factores de diversa índole —políticos, económicos o bien debido a la disminución del número de capturas—, la desconexión de algunas poblaciones con el mundo de la pesca almadrabera ha sido irreversible, en algunos casos el funcionamiento de establecimientos pesqueros y centros fabriles no fue demasiado extenso en el tiempo. De suerte en ocasiones se conservan aún restos de estas almadrabas; a modo de fósiles nos explican la transformación morfológica de los municipios en los que se ubicaban y la relación de estos con el mundo de la pesca del atún. Es el caso de los centenarios restos de la factoría almadrabera isleña, una construcción que ya hoy pasa desapercibida para muchos —cada vez más si tenemos en cuenta su progresivo deterioro— pero que ha dejado una impronta imborrable en el territorio. Algunos la verán cuando viniendo de la playa de Campo Soto se dirijan a Casa Pepe, otros cuando haciendo deporte se dirijan desde el Cerro de los Mártires hasta los restos del Pozo de Alcudia y vuelta, los más jóvenes se preguntarán por qué la Heladería-Pastelería-Cafetería La Almadraba se llama así o por qué llamar Almadraba a un barrio de la ciudad.

Los restos de la almadraba isleña, ubicada al sur del municipio, están recogidos dentro del PGOU de San Fernando —página 284— formando parte del Conjunto de interés patrimonial-etnológico citado como La Almadraba: conjunto urbano configurado en torno a la antigua almadraba Punta de la Isla. Se conservan pocas viviendas originales, habiéndose sustituido la mayoría de ellas. El trazado urbano es irregular entre la carretera de Gallineras y el caño de la salina (3). Si bien el PGOU prohíbe la demolición de los restos existentes, no dice nada de evitar su derrumbe aunque recomienda su reconstrucción y la recuperación de su degradado entorno (muelle de San Jerónimo y caño de San Jorge). Algunas iniciativas puntuales han pretendido suscitar el interés por este llamativo complejo industrial en ruinas.

La Escuela Taller La Sapina (2004-2006), entre cuyos cometidos estaba el de equipar de mobiliario medioambiental al Parque Natural Bahía de Cádiz y una puesta en valor de los recursos existentes dentro del área del turismo medioambiental; en 2006 adecuó el entorno y ubicó un panel explicando el origen y significado de los restos edilicios. El 7 de enero de 2017 Patrimonio la Isla se hacía eco en este mismo medio del interesantísimo proyecto de la arquitecta Sara Pérez por recuperar y poner en valor los restos de «La Almadraba de Camposoto» (4). Paralelamente, la puesta en valor de estos restos industriales potenciaría a su vez el paisaje salinero de Santa Leocadia y El Estanquillo, en el que se insertan y del que se sirvió para la obtención de sal con fines conserveros. Del mismo modo, una vez consolidados o restaurados, los restos de la almadraba se integrarían automáticamente en un área de gran valor histórico-cultural-medioambiental de la ciudad, interaccionando con otros elementos existentes en su entorno: Cerro de los Mártires, punto de observación de aves, pozo de Alcudia, molino del río Arillo, etcétera.

Si bien la literatura respecto a este centro fabril, en el que trabajaron gentes provenientes de Isla Cristina, Portugal e Italia, es bastante escasa, podemos encontrar algunas noticias de interés respecto al crecimiento de sus instalaciones y a su relación con el entorno en que se integraba. El Semanario Satírico El Mentidero (Madrid, 10/1/1914) (5), que dedica unas líneas a San Fernando, explica como D. Jerónimo Gómez, presidente de Almadrabera Española, «Ahora se ocupa activamente de la instalación de una gran fábrica de salazones y conservas, que honrará a España, y que nos permitirá tener los atunes y otros peces al alcance de la mano, haya o no haya Cortes». Precisamente para 1914 contamos también con el plano catalogado por la Biblioteca Virtual del Ministerio de Defensa, Modificaciones que solicita realizar “La Compañía Almadrabera Española” en la fábrica de conservas situada en la zona militar de costas y fronteras de San Fernando de Cádiz. Los estudios de Segundo Ríos (6) apuntan al Tratado de Comercio Hispano-Italiano de 1914, a las fructíferas temporadas pesqueras de 1913-1918 y al inicio de la I Guerra Mundial como factores determinantes en el desarrollo de la producción andaluza de atún en conserva, fenómeno al que en ningún caso permaneció ajena la fábrica isleña. Así mismo contamos con las noticias recogidas en la Carta Arqueológica Municipal de San Fernando (7), en su apartado dedicado a la Arqueología industrial, que transmitimos íntegramente:

«Fábrica de Conservas “Compañía Almadrabera Española”, con domicilio social en la calle General Valdés nº 19. Esta importante factoría conservera fue una instalación pionera en el sector por sus e. tecnológicas.

El 23 de agosto de 1915, el Heraldo de San Fernando da noticias de una Real Orden autorizando la instalación, al presidente de la Sociedad Anónima Compañía Almadrabera Española, en el paraje denominado “Portuelo Jeromín”, de una fábrica y el derecho al tránsito de materiales necesarios para su dotación y funcionamiento.

El 5 de marzo de 1917, Diario de San Fernando aporta una curiosa nota sobre el hecho de haber quedado, la citada Fábrica, totalmente aislada e incomunicada, por la decisión de un propietario vecino de cerrar con un vallado el denominado “Camino viejo de Cádiz”. Tuvo que intervenir el Ayuntamiento, conminando al colono agrícola a dejar expedito el paso, así como también hizo con una dificultad anterior, del Estamento Militar, sobre el tránsito en dicha zona, inmediata a la Salina de la Leocadia.

La fábrica fue iniciativa de D. Jerónimo Gómez, asimismo autor del proyecto y director de obras. Explotaba esta “sociedad” las almadrabas de “Torre del Puerco” y “Torre Atalaya”. […]»

En la obra Los diputados por Andalucía de la Segunda República 1931- 1939 tomo I —Leandro Álvarez Rey, 2009— se explica que tras la proclamación de la Segunda República fue Francisco Aguado de Miguel, como contratista del servicio de obras y vías de la Diputación Provincial de Cádiz, quien asume los trabajos de construcción del camino que va de Gallineras a la Almadrabera Española. Por último el artículo, que a continuación presentamos, viene a arrojar además un poco de luz al lector sobre el funcionamiento de la factoría a mediados de 1919. Gracias a este texto podrá imaginar un espacio industrial, hoy muerto y en vías de total desaparición, coronado en su tiempo por una chimenea, lleno de gente trabajando, yendo con sus cántaros al antiquísimo y cercano pozo de Alcudia y un sol del atardecer dando un toque de queda a trabajadores que no podían ir a la cama cuando la estacionaria e impredecible producción así lo requería.

Artículo.

LA ALMADRABA ESPAÑOLA. UNA INDUSTRIA IMPORTANTÍSIMA QUE SAN FERNANDO DESCONOCE

     ¿Algunos de vosotros, lectores, no escuchó hablar en esta época del año de ese pez sabroso llamado atún? ¿No llegó a los oídos vuestros, palabras de algún entusiasta que os refería cómo en el término municipal de la Isla se encontraba una fábrica importante que constituyendo ya un venero de riquezas, podría ampliarse hasta llegar a ser la vida propia de este pueblo notable?

     Confirmamos sinceramente que nosotros nos hallábamos formando parte de esa multitud de fernandinos desconocedores de lo que vale y lo que significa la fábrica de conservas que un poco más allá del Cerro de los Mártires tiene establecida la sociedad anónima «Almadrabera Española». Sabíamos, sí, que existía, por referencias, por haber gustado sus productos; pero jamás, hasta que la galantería de dos señores accionistas, nos invitó a una visita detenida, pudimos comprobar la veracidad imponderable de los que nos hablaban de aquella industria…

     Y hoy, creemos hacer un bien al pueblo, dando a la luz pública estas cuartillas, que contienen las impresiones de nuestra excursión a dicho centro fabril, honra de San Fernando.

     Caminando…

     Caminábamos en carruaje calle Constitución arriba, en demanda de la carretera de Cádiz. El coche era una popular «manola» y en su interior tomábamos asiento, los señores don Antonio Reyes Baulé y don José García de Movellán, pertenecientes al consejo de administración de «Almadrabera Española», y el que estas líneas escribe.

     A la salida de la Calle Real, el carruaje penetró por un camino vecinal que va a morir en la carretera militar de Campo Soto. A los pocos minutos, el vehículo que no cesó de traquetearnos cruelmente, marchaba sereno, como si rodase sobre una superficie asfaltada…

     —Es —nos dijeron— que estamos en el camino militar… El otro corresponde su cuidado al Municipio.

     —¡Comprendido todo! —repusimos. Después nos ensimismamos en la contemplación del paisaje que en aquellos lugares se nos ofrece bello, digno de la pluma describidora de un Zorrilla. Pasada la explanada donde se encuentra el cuartelillo para guarnición de los polvorines, se ve surgir a San Fernando entre verde arboleda, divisándose alta la azotea del palacio consistorial, que sobresale, airosa, entre las níveas casitas. Más a la izquierda, el montículo donde está enclavado el Observatorio de Marina, y, más próxima aún al observador, el mar que se extiende inmenso, sereno, hacia la lejanía, hacia el horizonte en que su azul se funde con el azul purísimo del cielo. Conforta y extasía el ánimo esta adoración de la Naturaleza en todo su esplendor.

     El carruaje con el cansino sonsonete de los cascabeles que adornan a los pobres pencos, va dando la vuelta a Campo Soto, aproximándose a la «Almadrabera». Dejamos atrás un cuartelillo de carabineros; frente a éste, en la playa, un pailebot medio caído sobre la arena como un gigante derribado; a la izquierda del camino el celebérrimo «Pozo de Alcudia», y por último, muy próximo ya, el edificio de la fábrica que corona una chimenea esbelta, que lanza al espacio espirales de humo negruzco…

     A la llegada del coche se ha abierto una puerta de hierro, por donde penetramos al interior.

     Descendemos, y el señor Reyes Baulé nos dice: —Está usted en el «Puerto San Jeromín» y precisamente un día de gran alijo de atún. Ahí tiene doce faluchos, que van a empezar a descargar.

     Nosotros estamos satisfechos. Tenemos la fortuna de conocer la «Almadrabera» en un día de plena labor; podremos estudiar las distintas operaciones a que el pescado es sometido desde su ingreso. Las fábricas paradas, los grandes talleres silenciosos, nos ofrecen la sensación de un museo, de algo muerto…

     Puerto San Jeromín.

     La primera impresión que recibe el visitante al hallarse ante los talleres de la fábrica de conservas, es de sorpresa: no cabía en su imaginación que existiese una instalación tan perfeccionada a pocos kilómetros de la ciudad.

     El puerto San Jeromín donde nos encontramos, ha sido construído exprofesamente para el servicio de la almadrabera.

     Su pequeño muelle posee una potente grúa eléctrica para la elevación del pescado; a más dos grúas de madera con aparejos también se utilizan para izar el atún. En el muelle terminan dos ramales de vía estrecha por las cuales van y vienen del interior al exterior de la fábrica y viceversa las vagonetas cargadas del pescado fresco que transportaron los faluchos desde la almadraba.

     Vimos, pues, la forma de introducir el atún en la fábrica: el falucho cargado está arrimado al muelle, la grúa engancha por la cola al pescado que vá elevándose lentamente hasta quedar en el aire balanceándose: el atún nos parece una caballa gigantesca: su vientre plateado y su lomo azul brillante, resplandecen a la caricia de los rayos solares.

     Unos hombres lanzan desde tierra sus bicheros de hierro sobre el pez, clavándolos en la cabeza, y de un vigoroso tirón lo dejan caer sobre la vagoneta. Así, de idéntica forma, hasta cinco, número máximo de piezas que carga la vagoneta, que enseguida empujan, perdiéndose rápidos en el interior.

     Por este pequeño puerto recibe la fábrica a más del atún, los materiales y productos para trabajarlo. Aquella tarde esperaban para trabajar dos faluchos con carbón, otro con lata para la construcción de envases, otro con piperías para la salazón y dos bateas con sal.

     Estas bateas cargan cinco lastres y miden 7’45 metros de largo por 3’55 ancho y 0’95 de altura. También se utilizan para la extracción de fangos de la diminuta dársena.

     El puerto se halla alumbrado con focos eléctricos, cuyo fluido se produce en la misma fábrica.

     Sigamos a una de las vagonetas…

     El patio. —Oficinas. —El «ronqueo» del atún.

     Los raíles penetran por una estrecha calle, cruzan una báscula, con la que se registra el peso del pescado, sin descargarlo, y se prolongan en distintas direcciones por el interior del recinto.

     Lo primero que se ofrece a nuestra vista es el patio de la fábrica, inmensa superficie toda asfaltada, donde las vagonetas, abriendo una de sus partes laterales, dejan resbalar el atún.

     Varios hombres, nosotros les llamaríamos «decapitadores», provistos de afilados machetes, reciben al pescado y dándole cuatro certeros golpes le separan la cabeza del tronco. Otro corte en el pecho hace abrir éste, para la extracción de las partes no comestibles.

     El atún pasa después a manos de los «ronqueadores». Si en vez de tratarse de pescado, fuesen reses, bien podrían dedicarse estos hombres a matarifes. El «ronqueador», usa un pequeño y punzante cuchillo, con el que separa la piel y la esquina de la carne sabrosa y magra, que aparta en trozos de gran tamaño.

     Todas estas operaciones ligeramente reseñadas, se efectúan sobre el pavimento del patio. Este se halla cubierto por una techumbre de paja y mimbre para evitar la entrada del sol, permitiendo sin embargo el paso del aire. Gran número de tubos de hierro cruzan por alto arrojando sobre el cemento constantemente agua, que corre sobre la superficie resbaladiza, arrastrando consigo la sangre que los peces despiden al destrozarlos. Al frente de este patio, en medio de las puertas que abren al muelle, se halla el edificio dedicado a oficinas; habitaciones del maestro, administrador, interventor y escribientes; Botiquín de urgencia, servido por un practicante y pañol de efectos.

     Tuvimos ocasión de saludar en la administración a estimados convecinos; el interventor don Eugenio Espinosa y practicante señor Ortus.

     Después proseguimos la visita a los talleres de la fábrica asesorados por nuestros cicerones señores Reyes Baulé y García de Movellán. Nos parece más interesante para el lector seguir relatando las operaciones a que el atún es sometido, correlativamente, al propio tiempo que describimos las salas.

     Cómo se conserva el atún.

     El atún se trabaja para conserva de dos maneras distintas: para la salazón y la más conocida para en latas con aceite.

     El atún se sala únicamente cuando la pesca es grande, cuando el personal y el material de la fábrica no da abasto para conservar en aceite todo el que arriba. Entonces se escoge el pescado menos favorable, se parte en pequeños trozos y se envían a unas salas denominadas «chancas», donde cuadrillas de mujeres van salándolos primero y colocando después los pedazos en unas pilas o piletas circulares de gran tamaño, que se hallan construidas en el suelo.

     La almadrabera posee tres «chancas» con siete pilas cada una.

     Transcurrido el tiempo necesario, ese atún salado se envasa en pipas de madera, que guardan siete pescados por término medio, y se exportan casi en su mayoría para el extranjero.

     Para la fabricación de conservas en aceite, es preciso someter la carne del pez a otras manipulaciones más detenidas y curiosas.

     Terminado el destrozo por el «ronqueador», otros operarios cogen los grandes trozos, partiéndolos en pedazos más pequeños, que depositan en el interior de unas tinas llenas de agua, que no cesa de renovarse, clara y abundante, desangrando el pescado, dejándole perfectamente limpio.

     Paralela a estas tinas de madera, se encuentra instalada la batería, con 23 pailas o calderas para cocer el atún, con agua y sal. Cuando su condimentación se ha logrado, deposítanse los trozos en bateas rectangulares de madera, con fondo de caña, donde escurren, trasladándolos en vagonetas al inmenso salón de estiva.

     En él, después de enfriado, comienza el trabajo de las estivadoras, mujeres encargadas de introducir los pedazos de atún en latas litografiadas. Las obreras, en su mayoría portuguesas, usan un pequeño cuchillo, con el que se ayudan, cortando el atún que ha de ir estivando en tandas perfectamente niveladas. La última de estas, representa una superficie plana en absoluto, de admirable presentación al ser abierta la lata por el comprador.

     Un sinnúmero de muchachas, portean latas vacías y retiran las estivadas, conduciéndolas al salón del aceitado y colocándolas sobre mesas cubiertas de zinc, donde otras obreras van echándole aceite de oliva, refinado, transparente. Junto a esta sala se encuentran los depósitos de aceite: son seis y tienen de cabida 3.500 litros cada uno.

     El atún ha de estar absorbiendo doce horas próximamente; transcurridas estas las latas son tapadas y metidas en las estufas de vapor durante tres o cuatro horas.

     Cuatro son las estufas existentes, que pueden cargar separadamente 304 latas de conservas. A la salida de esta especie de horno, la lata aparece hinchada como un globo. Un operario las pincha con un punzón haciendo expeler el aire y otro va soldando el pequeño orificio: toda esta operación se efectúa rápidamente; se tarda más tiempo en referirla.

     Y, en seguida, la conserva pasa al salón-enfriadero, que aún se está construyendo, para desde allí exportarla a las casas comerciales de España y del extranjero. La conserva de atún en aceite, está fabricada.

     El atún no tiene desperdicios.

     Preguntamos a don Antonio Reyes: —¿Y de la cabeza y desperdicios del pescado que se hace? ¿Lo arrojan al mar?

     —No, amigo —nos repuso— el atún es lo mismo que el cerdo. A todo él se le saca producto.

     Y precedidos por nuestro interlocutor, penetramos en la parte de la fábrica, conocida por «el cementerio», que llamaríamos mejor, hornos crematorios.

     Las cabezas y los destrozos del atún son quemados en dos hornos: los residuos que deja la cremación se introducen en seis prensas para extraerles el aceite; después de efectuado este trabajo los desperdicios son extendidos al sol para que se sequen y quede el producto llamado «guano». El aceite de atún se manda a Barcelona, para la fabricación de pinturas y lubrificantes, el «guano» se vende en Valencia y Cataluña, para el abono de las tierras.

     Las tripas son también puestas al sol a secar, en otro lugar denominado «el secadero», en el cual se depositan las huevas y trozos de pescado para convertirlos en la exquisita «mojama».

     Maquinas y talleres.

     Las salas y talleres enunciados bastan para dar idea de la importancia de la Almadrabera. No obstante aún quedan por reseñar otros, que son complementos de la industria.

     Tal es el taller para la fabricación de latas de distintos tamaños, para la conserva.

     El visitante se deleita viendo como la hoja de lata va pasando por máquinas sucesivas: enrollándola, cosiéndola, colocándole y construyéndole el fondo y la tapa, hasta quedar terminada por completo. Una cuadrilla de operarios soldadores, revisan después las latas para corregir algún salidero o desperfecto.

     Merece también especial mención la sala de máquinas, que encierra dos calderas para suministrar vapor a las estufas; una preciosa y moderna máquina americana de electricidad y dos dinamos, que dan fluído a las maquinarias y aparatos y suministran luz a toda la fábrica.

     Un pueblo en miniatura. —El trabajo de los obreros.

     Al exterior de la «Almadrabera» y mirando hacia «Gallineras» se encuentra enclavada la barriada obrera. Existen dos edificios extensísimos construidos paralelamente, con cuartos pequeños, pero con suficiente ventilación. Otros barracones de madera, provisionalmente armados, para albergar al mucho personal que hoy necesita la fábrica, completan el cuadrado que forma la plaza de aquel pueblo industrial.

     Fuera de la barriada varios comerciantes han abierto tres cantinas o ventorros, donde los obreros se surten de comestibles.

     El número de operarios que cuenta la «Almadrabera» es próximamente el de 600. De estos unas 350 mujeres. El trabajador gana el jornal estipulado, mas el pan que corre por cuenta de la fábrica.

     Esta clase de industria no puede sujetarse a la jornada de ocho o de cierto número de horas. Cuando hay mucho alijo de atún, para que el pescado no se ponga en mal estado, el obrero trabaja 24 horas seguidas —noche y día— sin más descanso que un pequeño intervalo para las comidas. En compensación, cuando las almadrabas no pescan, el operario cobra su jornal y descansa dos o tres días consecutivos.

     Y nunca surge la más pequeña disconformidad por este motivo.

     Y regresamos…

     Bien sabemos que las anteriores líneas fueron pergeñadas muy a la ligera, sin detallar tan detenidamente como el asunto merece, lo que nuestros ojos examinaron en la «Almadrabera Española», que por grande que sea nuestro esfuerzo no ofreceremos al lector más que una idea incompleta de la industria; pero sirva de atenuancia a nuestra falta de expresión, la imposibilidad de extendernos más, dados los límites del periódico…

. . . . . . . . . . . . .

     Después de la visita a la fábrica, y al caer la tarde, tuvimos el honor de ser presentados al presidente de la Sociedad Excmo. señor don Ramón Carranza, Marqués de Villa Pesadilla, que llegó en automóvil…

     Cuando regresábamos, el carruaje volvió a pasar por el pozo de Alcudia, cuyos alrededores se encontraban entonces llenos de mujeres de la fábrica, que iban a proveerse del líquido imprescindible, portadoras de cántaros y vasijas.

     El coche caminaba rápido, el sol se hundía en las aguas, enrojeciendo ligeramente unas nubes; más arriba presentaban estas un tinte violáceo…

     A la media hora entrábamos en este San Fernando, cuyo escudo nobilísimo va dándole a conocer al resto de España y del mundo la «Almadrabera Española», como marca registrada de su industria.

M. CARAMÉ.

Notas.

(1) El ejemplar se encuentra en la Hemeroteca de San Fernando, en el Palacio de Congresos. Debo agradecer a Alejandro Díaz haberme facilitado el acceso al documento.

(2) David Florido del Corral (2006): «Las Almadrabas Andaluzas: Entre el Prestigio y el Mercado». En Chic, G. (Dir.): Economía de Prestigio Versus Economía de Mercado. Vol. 1: 193-214.

(3) Puede leerse en: http://www.sanfernando.es/includetramites/eSanFernando/fckeditor/ficheros/file/ PGOU%20SAN%20FERNANDO/PGOU/info_adicional/02/SF_CATALOGO%20 MEMORIA%20INFORMATIVA.pdf

(4) Puede leerse en: http://www.patrimoniolaisla.com/proyecto-rehabilitar-laalmadraba-camposoto/.

(5) Puede leerse en: http://www.patrimoniolaisla.com/una-centenaria-satira-laisla/.

(6) Segundo Ríos Jiménez (2005): «Origen y desarrollo de la industria de conservas de pescado en Andalucía (1879-1936)», en Revista de Historia Industrial, economía y empresa, 29, 2005-3: 64.

(7) Darío Bernal Casasola, Antonio Sáez Espligares, Antonio Manuel Sáez Romero, et alii (2003): 160-161.

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