El Gordo de la Lotería que cayó en San Fernando hace 140 años

19 mayo, 2019

Manuel Baturone y Castro

San Fernando, 31 de diciembre de 1878

LOS DIEZ MILLONES DE REALES

Tarea difícil sería narrar la multitud de episodios que corren de boca en boca; los rasgos de nobleza y desprendimiento que forman el más hermoso y preciado timbre de esa clase del pueblo, tan mal apreciada como poco comprendida, y a la que en esta ocasión ha querido Dios darle una prueba de su infinita misericordia, premiando sus virtudes casi siempre desconocidas, porque rara vez la mirada del poderoso y del mimado por la fortuna penetra en el hogar del pobre donde hay tantos sufrimientos que llorar, tantas lágrimas que enjugar y tantos nombres ejemplos y virtudes que imitar. No obstante, no podemos pasar en silencio ciertos hechos que corroboran nuestras apreciaciones y vienen a dar un solemne mentís a aquellos para quienes la virtud es un mito, la honradez palabra vana y sin sentido, mentidas apariencias los generosos arranques del corazón, y puro fanatismo la creencia en Dios y en sus altos y misteriosos designios.

En el cuadro que en vano nuestra tosca pluma intenta bosquejar, se destaca una simpática figura, protagonista del extraordinario y providencial suceso que todos celebramos (1); tema de todas las conversaciones y elocuente ejemplo de virtud, honradez y abnegación para los que creen a ciertas clases desposeídas de los sentimientos de nobleza y de hidalguía que por lo común cubren el modesto y honroso traje de artesano.

La figura de que hablamos es D. Simón Torra (2), cuyo comportamiento en la presente ocasión no hay palabras bastantes con que elogiar, y que desde hoy ocupará un alto y honrosísimo puesto entre sus conciudadanos. Uno solo entre los muchos episodios que corren de boca en boca confirmará el juicio que anticipamos de este honrado hijo del pueblo e ilustrado artesano. Dióle participación en la jugada a un amigo suyo, consignándole la suma de veinte reales, y sabido por éste se negó a admitirla, asegurándole que no podía disponer para el juego más que de la mitad de la expresada cantidad. Insistió D. Simón en su propósito hasta el extremo de ofrecer a su amigo, en calidad de préstamo, el medio duro de que éste no podía disponer, y no obstante sus reiteradas ofertas, no logró conseguir sus deseos. Hecho público el número agraciado, y sabiendo el amigo de referencia que a sus diez reales jugados correspondían de premio ‘cincuenta mil’, corrió en busca de Torra para hacerlo partícipe de su satisfacción, y cuál no sería su sorpresa al saber por boca de aquel que a su cuota le correspondían, no los cincuenta mil reales, sino cinco mil duros, porque él había jugado secretamente los diez reales que su amigo había rehusado admitir, en vez de dárselos en parte a otro jugador. Respondemos de la veracidad de este hecho, y dejamos que nuestros lectores hagan los comentarios a que se presta y le den el nombre que requiere.

Aun a riesgo de herir o lastimar la modestia del héroe de la jornada, queremos referir otro rasgo de los muchos con que en esta ocasión se ha distinguido. Ausente en Algeciras un parroquiano y amigo suyo, maquinista de la Armada, lo incluyó en la lista de los jugadores, siguiendo así el noble objeto de que se había propuesto en su secreta inspiración de hacer feliz a toda su clientela. La primera noticia que tuvo el jugador fue un telegrama de Torra diciéndole que, habiendo contado con él para la jugada de Navidad, y asignándole la cantidad de veinte reales, tenía en su casa la papeleta de responsabilidad y cinco mil duros a su disposición. El afortunado maquinista, ante el proceder noble y generoso de su amigo, anunció por telégrafo su salida de Algeciras, solo con el deseo de dar un abrazo a su bienhechor, lo que tuvo lugar a los dos días, produciendo una escena difícil de describir.

A la vista de estos hechos tan públicos como notorios, y que todos conocemos, ¿no es verdad, caros lectores, que el alma parece que se dilata y como que se ensancha y refresca el corazón al considerar que aún no está perdida entre nosotros la semilla del bien? ¿No es verdad que con ellos se da un solemne mentís a los detractores de ese pueblo noble y virtuoso, y a esa turba de pesimistas y descreídos que ha empezado por negar la virtud y honradez no ven por do quiera más que el egoísmo y la satisfacción de los sensuales deseos de ese ‘yo’ satánico, más allá del cual nada existe para ellos? Por fortuna, la hermosa flor cuyos perfumes aspiramos y admiramos hoy, no ha brotado de un campo estéril y agostado, y la nombre, digna y generosa conducta de D. Simón Torra ha tenido, tiene y tendrá siempre imitadores, que no permite Dios se borren de este suelo las huellas que imprimió con su doctrina y predicación el Divino Maestro.

Y que tiene imitadores la conducta de aquel hombre honrado y virtuoso industrial, lo prueba hasta la evidencia otro hecho que vamos a referir.

Uno de los jugadores, maquinista de la Armada, y cuyo nombre no estamos autorizados para revelar (3), dio de la suya una peseta de participación en la jugada a la sirvienta de su casa, y seis reales a una señora que habita en el piso alto de la misma. El día del sorteo, ni el jugador había cobrado el importe de los diez reales de las jugadas, ni por su parte había entendido las papeletas que legitimaban la participación que correspondía en ellas a su criada y vecina. Sabedor, no obstante, de la fortuna que iba a poseer, llamó a la sirvienta, y entregándole la papeleta de la cantidad que había jugado, le exigió los cuatro reales, diciéndole al mismo tiempo que podía contar con mil duros, y por consiguiente con su fortuna hecha. Hizo lo mismo con la vecina, y excusamos decir cuál no sería la sorpresa de esta y sus trasportes de alegría al verse favorecida con tan inesperada suerte y de una manera tan noble y generosa por parte del héroe de esta acción.

Entrando ahora en otro género de consideraciones, no sería difícil probar que el suceso que nos ocupa, por las circunstancias que lo han rodeado y por ciertos otros episodios que van a conocer nuestros lectores, tiene seguramente algo de providencial; a lo menos para aquellos que conservando su fe y sus creencias en el catolicismo, no se han contaminado con las doctrinas de ciertos espíritus innovadores y con las teorías reformistas de la época actual en materias religiosas.

Entre los agraciados por la fortuna se encuentra un joven que, con muy escasos medios de subsistencia, y huérfano de padres, atendía a la de dos hermanas poseedoras de una módica pensión. Aunque pasado ya de la edad de entrar en quintas, la nueva ley decretada por el Gobierno lo obligaba a ingresar en el servicio de las armas o a redimirse por la cuota de 8.000 reales, que es la señalada al efecto. El joven de que tratamos, ferviente devoto de la Virgen del Carmen, imploró la protección de la reina de los cielos para que le concediese, no una fortuna que no podía merecer, sino lo preciso para no desampara a su familia y librarse del servicio. Habíale encargado la superiora de las madres del asilo de esta ciudad un pequeño trabajo para el Nacimiento con que anualmente celebran los acogidos el del Hombre-Dios, y al entregarlo en la casa notó aquella buena madre que algún dolor oculto se revelaba en el semblante del joven, y valida de la confianza con que allí se le trata, hubo de preguntarle por la causa de su pesar, de quién era particular devoto y a quién solía encomendarse en sus aflicciones y adversidades. Conmovido el joven ante los solícitos cuidados de la superiora, y no pudiendo contener las lágrimas que brotaban de sus ojos ante el recuerdo de sus pesares, le manifestó la aflictiva situación en que se hallaba, y que si bien eran de su veneración y reverencia, Dios, la Virgen y los Santos, a Ntra. Sra. del Carmen era a quien recurría en sus frecuentes cuitas, y a ella había acudido en la situación angustiosa en que se encontraba, pidiéndole, como hemos dicho, aunque no fuese más que lo necesario para redimirse del servicio.

La superiora llamó entonces a sus compañeras, les dio cuenta del suceso, y dispuso que desde aquel día implorarían con sus rezos y oraciones la protección de la Virgen y del Patriarca San José en favor de aquel joven que, llevando este mismo nombre (4), era digno por sus virtudes de la gracia que iban a demandar del cielo. Si fueron o no oídas las preces de aquellas santas mujeres, dígalo el joven, que para que los publiquemos nos facilita estos detalles, poseedor hoy de una fortuna de cinco mil duros.

Saben nuestros convecinos que, en el hospital militar de este Departamento, y a consecuencia de los solícitos cuidados de las hermanas de la Caridad que administran sus fondos, se ha construido una preciosa, aunque modesta capilla en sustitución de la pobre y humilde que antes existía. Encárgose de la pintura y dorado del retablo un honrado artesano de esta ciudad, y concluido que fue su trabajo, le manifestó la superiora cuánto mejor no hubiera estado el altar con ciertos y ciertos detalles que echaban de menos en su decorado. El industrial, de cuya boca hemos oído y sabemos este episodio, y que había ajustado la obra en un tanto alzado, contestó a la madre que era tan reducido el precio de su trabajo, que apenas cubría con él el valor de los jornales que hubiera devengado no haciendo aquel por su cuenta, pero que no obstante, si la madre rezaba y pedía a Dios le concediese un premio en la lotería de Navidad, le ofrecía hacer a su costa un nuevo retablo para la capilla. La superiora aceptó el ofrecimiento prometiendo al artesano, en unión de todas las hermanas, rezar y pedir a Dios se realizasen sus nobles y generosos deseos, y hasta le aseguró solemnemente y como en tono profético, que la Virgen permitiría se viesen realizados ya que en su obsequio había sido hecha tan cristiana promesa. El honrado industrial es hoy poseedor de una fortuna de ‘diez mil’ duros, y la capilla del Hospital de San Carlos contará en su día con un nuevo retablo que aquel se propone costear cumpliendo así su ofrecimiento. Para los descreídos, para los ‘espíritus fuertes’, para ciertos filósofos y libres pensadores, el acontecimiento que ha hecho la felicidad de tantos necesitados no es más que un azar afortunado del juego y uno de los caprichos de eso que llamamos suerte: para los que tienen fe y ponen su confianza en la providencia, siempre será aquel fausto suceso el cumplimiento y la realización de uno de sus recónditos designios.

Vamos ya a concluir dando cuenta a nuestros lectores del acuerdo unánime tomado últimamente por todos los agraciados, y en la mente de todos, antes que el articulista de El Comercio excitase su caridad en favor de los pobres. A ochenta mil reales asciende la suma que han destinado para las atenciones siguientes: diez mil, a disposición del municipio para distribuirlos en los establecimientos de beneficencia; treinta mil, que se distribuirán en bonos entre los 114 asociados con proporción a las cuotas que corresponden a cada uno, para repartirlos entre familias y personas necesitadas; cinco mil, para limosnas que el Ayuntamiento se encargará de distribuir a los pobres de solemnidad; veinte mil, como obsequio al señor administrador de loterías de esta ciudad, instrumento que parece se había reservado la providencia para derramar sus bienes sobre esta localidad, y obsequio que le fue a aquel ofrecido por D. Simón Torra en nombre de los asociados antes de verificarse el sorteo; dos mil a los dos niños que recogen las bolas que salen de los globos con números y premios respectivos, y los trece mil restantes hasta los ochenta mil consignados, para hacer un obsequio al administrador de Cádiz que envió el billete en cambio de los dos medios, y otro al depositario de esta ciudad, reservando un sobrante para los gastos de custodia, conducción de causales, quebranto de moneda y demás que puedan ocurrir (5).

Elogiamos altamente, porque digno es de ello, el proceder de los señores asociados, y reciban del cielo tantas bendiciones como necesidades van a socorrer con sus generosas dádivas.

Notas:

(1) El número 6.157 fue el premiado en el Sorteo de la Lotería de Navidad el 23 de diciembre de 1878. 2.500.000 pesetas fueron repartidas entre 114 asociados, la mayoría de San Fernando.

(2) Dueño de una peluquería en San Fernando. Los beneficiarios del premio eran clientes habituales de este negocio.

(3) Este maquinista era Salvador Pons y Carreras, quien, en una nota fechada a 8 de enero de 1879, hizo algunas puntualizaciones. Dijo en primer lugar a la sirvienta, por estar en aquel momento en su casa: le debo a usted mil duros que le pertenecen por los cuatro reales que dijo usted quería jugar; e igualmente a la vecina momentos después, sin pedirles dinero, ni darles papeleta, ni decirles qué número había sido el agraciado, prometiéndoles descontar las cantidades jugadas, importando cuatro reales la primera y seis la segunda, cuando les entregara íntegra su parte, y quedando ya manifestado tal como pasó.

(4) Su nombre, por tanto, era José. El apellido lo desconocemos.

(5) El día siguiente al sorteo, varios premiados se reunieron con el alcalde, José María de la Herrán, para depositar el número en las arcas municipales en tanto no se hiciese efectivo el premio. Además de los referidos Simón Torra y Salvador Pons, acudieron Juan del Río, Joaquín Peñuelas, Manuel Egea, Juan Ruiz, Eduardo Martin, Manuel Casanovas y Bernardo Blanco.

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