Aprendamos a mirar los retablos de La Isla…

1 noviembre, 2017

por Yolanda Muñoz Rey

Dra. en Arte y Humanidades

El retablo es el mueble litúrgico más importante del templo cristiano. Su nombre procede del término retrotabulum o ‘tabla pintada detrás del altar’, lo cual comenzó a hacerse en la Edad Media’ aunque arrastraba la tradición más antigua aún de decorar y adornar los altares (mesas) sobre los que el oficiante celebraba el acto religioso.

Después derivó a retablos arquitectónicos copiados de las fachadas exteriores de los edificios. Un retablo consta de uno o más cuerpos de arquitectura para colocar dentro una imagen y darle veneración en una fusión y síntesis entre arquitectura, escultura y pintura. Suele diseñarse repleto de decoración y provisto de hornacinas para albergar imágenes de culto, consideradas objeto de devoción popular, a veces una principal y otras secundarias. Se concebía como el gran telón de fondo escénico ante el que se celebra el pomposo ceremonial litúrgico. El retablo es una de las invenciones estéticas más sugestivas, bellas y dúctiles con que ha contado la Iglesia católica para enseñar y persuadir al fiel, y como tal instrumento pedagógico tiene la misión de narrar a través de imágenes los principales acontecimientos, misterios y episodios del Cristianismo. La fachada de una iglesia atrae a entrar, y a continuación el retablo te hace fijar la atención en la liturgia.

Los retablos se crearon para trasmitir un mensaje religioso, pero también para recibirlo. Forman parte de la vida religiosa y social de una comunidad. Es un lugar de identidad espiritual, social y comunitaria, sobre todo en el momento en el que los encontramos vinculados a una cofradía, hermandad, congregación o familia. Hay que entender cómo el feligrés se relaciona y lo utiliza para interpretar el momento de su creación, por lo tanto es importante el estudio de la comunidad para la que se creó.

Al diseñar un retablo se intenta la adaptación al espacio arquitectónico que permite la capilla pero manteniendo unas proporciones adecuadas y elegantes. Rara vez se hacían coincidir los entablamentos o cornisas de los retablos con los del resto de la iglesia. Se puede hablar de interrelación y fusión de los retablos con la arquitectura circundante, y de proporcionalidad entre el retablo y la capilla.

Las formas, tamaños y estructura de los retablos se adaptan siempre a las circunstancias espaciales del lugar. Hay dos tipos; parietal y de templete. Los retablos de los lados se llaman colaterales, a los que se suma el mayor. El retablo se divide en un banco (parte inferior) sobre el que descansa el cuerpo (parte principal en la que se exponen las imágenes) coronado por el ático. Normalmente eran de madera dorada y policromada, pero también se realizaron en piedra o mármol e incluso en estuco como veremos. En los retablos intervenían artífices de varios oficios que en ocasiones hacían equipo y trabajaban juntos en varias obras diferentes. En las grandes obras intervenía un ensamblador o carpintero que montaba las piezas, un entallador o tallista que realizaba los adornos tallados en la madera y un pintor-dorador que aplicaba la policromía y el dorado, siendo esto a veces dos especialidades diferenciadas. El diseño podía hacerlo el tallista pero, en los trabajos más importantes, lo ideaba un arquitecto. En el entorno de la Bahía y a comienzos del siglo XIX, por ejemplo, destaca el equipo formado por el arquitecto Benjumeda (diseñador) y el escultor Cosme Velázquez (tallista).

Desde el Concilio de Trento, en 1551, el sagrario era un elemento importantísimo en las iglesias. Hasta el punto de que si no había presupuesto para un retablo mayor, al menos se hacia el sagrario. Sobre él se colocaba el manifestador (para exponer la Sagrada Forma) y, sobre éste, la hornacina con el titular.

Un maestro tracista o arquitecto realizaba el diseño general, denominado trazas, que queda en poder del cliente, debidamente firmado e incorporado al protocolo notarial. Las trazas quedan como guía general, pudiendo sufrir modificaciones durante la realización del retablo. El tracista se inspira en la arquitectura de la época o en los tratados publicados en los que hay ilustraciones de los órdenes arquitectónicos. El retablo es un conjunto arquitectónico formado por cuerpos y entablamentos, que son los elementos sustentadores y sostenidos. El mayor protagonismo recae sobre el tipo de soportes, de manera que se clasifican en función de ellos (dóricos, jónicos, etc.).

Los retablos tienen una problemática de conservación particular. Son elementos con una relación indisoluble al espacio arquitectónico. A veces tienen dimensiones colosales y combinan una gran variedad de técnicas artísticas y materiales diversos, lo que complica su conservación. A veces el estado de deterioro es tal que no se pueden restaurar y hay que rehacer.

Es necesaria una concienciación de las autoridades culturales respecto a que la restauración de un retablo no puede llevarla a cabo un carpintero como habitualmente se ha hecho, y que el hecho de que los retablos pequeños se puedan encuadrar en el arte popular no quiere decir que sean menos importantes.

El usar piezas y elementos reaprovechados de otros retablos ha sido común durante toda la historia de los retablos. También tenemos que tener presente que se realizaron intervenciones muy dañinas en el siglo XX. Los daños típicos en los retablos son la humedad, la carcoma, los repintes, el deterioro propio de los materiales, grietas en las maderas, separación de las piezas, pérdida de la película pictórica, oxidación por barnices y aceites, daños ocasionados por velas y elementos efímeros, teniendo en cuenta también que el polvo depositado hace efecto esponja y retiene la humedad.

Las tablas de los retablos suelen tener detrás travesaños o bastidores de refuerzo que son normalmente de entre 3 y 6 centímetros de grosor. Las uniones se hacían con puntillas y clavos en vez de con empalmes. La oxidación de estas es muy dañina y las uniones aguantan poco el movimiento de la madera ante los cambios de temperatura y humedad.

Es muy habitual en las restauraciones construir una nueva estructura sobre la que hacer descansar el retablo, debido a la inexistencia de una original, y elaborar un nuevo sistema de anclaje, ya que el primitivo, que suele consistir en embutir el propio retablo en el muro, es muy perjudicial. Las piezas de los retablos descansaban siempre sobre otras, provocando tensiones y deformaciones. Para que se conserve bien un retablo debe estar en un ambiente que conserve 20-22 grados de temperatura y un 50-55% de humedad relativa. La iluminación que recibe debe ser fría e indirecta.

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