Los TOSANTOS de mi infancia

1 noviembre, 2017

por María del Carmen Orcero Domínguez

Lda. en Geografía e Historia y escritora

La fiesta de ‘Tosantos’ irá siempre unida a mis recuerdos como parte de la inocencia que perdí. Al igual que muchas otras cosas, esa celebración se aloja en un rincón de los recuerdos junto a la parte más bonita de mi vida, aquella en la que el mundo era una casa, una familia y un colegio donde esperaban los amigos.

Me acuerdo perfectamente de la visita a la plaza de abastos. Era todo un espectáculo disfrutar de las escenas de pollos ataviados con gafas de sol y de cerdos sonrosados conformando escenas de tablaos flamencos. Nos acercábamos al mostrador del puesto como a una obra de teatro, expectantes por descubrir el parecido de aquellos animales colocados en posturas humanas, con unos personajes conocidos del mundo del futbol, del cine o de la única cadena de televisión.

Después llegaba la parte más comercial, la de la compra de castañas, nueces y otros frutos secos, por supuesto con la cáscara incluida. A veces, cuando veo los piñones ‘peladitos’, perfectamente empaquetados en su bolsa de plástico, pienso si el verdadero terror de Halloween para los padres de hoy, no sería obligarlos a contemplar a sus niños, como hacíamos todos, manejar piedras y martillos en las aceras de las casas y sobre los adoquines de los bordillos. Cuántos dedos machacados sobrevivieron al dolor de aquellos Tosantos de mi niñez.

Luego fui madre. Y también en esto la maternidad me cambió la vida. Mis hijos han crecido celebrando una fiesta que no es la nuestra, participando, primero tímidamente y con toda la fanfarria en los últimos tiempos, de ese Hallowenn que vino del otro lado del charco. Y yo, que no soy de pensar que todo tiempo pasado fue mejor, me adapté, como hemos hecho todos, a los disfraces de calabaza y a los chiquillos llamando a la puerta con caretas de susto y consignas de truco o trato.

Ahora que se lleva mucho comparar una época con otra y decidir si estamos de parte de la modernidad o nos aferramos a la costumbre adquirida por el paso del tiempo, yo tengo que reconocer que soy mucho de sumar, de apostar por todo aquello que no haga daño, mientras sirva para hacer a alguien feliz. Es verdad que si hablamos de tradiciones, me produce mucha nostalgia que algunas se vayan apagando. Siento como si me robaran con su huida mis recuerdos, mi infancia, los mejores años de mi vida. Pero entiendo que el mundo que han heredado mis hijos ya no es el mismo que yo viví, en el que los niños crecíamos ajenos al horizonte que se extendía más allá del final de nuestra calle o de la última línea donde clavábamos la lima. Esta nueva generación ha heredado un universo que se les cuela por el móvil que manejan desde pequeños, por el cine que entra en casa, cada hora del día, ofreciéndoles diversiones y efectos mágicos que nosotros ni siquiera soñamos.

Ahora, para terminar, os voy a decir una cosa a todos los que compartimos generación: yo la verdad es que no sé qué produce más terror, si ver los ojos amarillentos de un payaso fantasmal o descubrir la sonrisa helada de la muerte en la boca de un cochino mientras se fuma un puro. ¿Vosotros qué decís?

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