Adiós al Patrimonio de Capuchinas

30 noviembre, 2016

por Alejandro Díaz Pinto

Fotografías tomadas este miércoles ponen de relieve las ‘precauciones’ tomadas para el traslado de algunas esculturas.

Que la Iglesia tiene potestad para mover de un lado a otro su Patrimonio, nadie lo pone en duda. Que otros se lleven las manos a la cabeza cuando esta institución decide sacar de su ciudad bienes después de un siglo de significación con el pueblo, tampoco.

Es lo que ha pasado esta semana, tras un año de incertidumbre desde la noticia del traslado de las cuatro religiosas que quedaban en el convento de Constructora Naval a una nueva sede en El Puerto de Santa María. Incertidumbre por un patrimonio inmueble sobre cuyo futuro hay datos que no hemos podido contrastar y, especialmente, su patrimonio mueble. Imágenes, retablos o enseres litúrgicos de los que solo se conoce una parte -la existente hasta ahora en la capilla- y sí son susceptibles de traslado al convento de la localidad vecina.

No se trata de esculturas de gran valor artístico. Las más interesantes, aunque desconocidas, proceden de la extinta Iglesia de San Antonio. De allí llegaron, entre otras, una Inmaculada Concepción que pudo contemplarse en el Museo Histórico Municipal en 2003 (Exposición ‘Sine Labe Concepta’ organizada por el aniversario del Dogma Inmaculista) y un San Antonio del genovés Juan Gandulfo que las hermanas ‘regalaron’ a sus homónimos de Sanlúcar de Barrameda -antecedente de lo que ocurriría años más tarde-. Las más conocidas, ocupando los distintos altares de la iglesia, datan de las postrimerías del siglo XIX (1896-1897), cuando la producción industrial de imágenes religiosas comenzaba a ponerse de moda en algunas zonas del Levante y Madrid aunque conservando aún el detalle que perderían a lo largo del siglo XX. Son, en concreto, San Francisco, Santa Clara, Beata Verónica Giuliani y los mártires San Servando y San Germán, que acompañan en el retablo principal a la titular del templo, la Virgen del Rosario. Todas son obras del madrileño Celestino García Alonso como pone de relieve el historiador Fernando Mósig en sus Textos para la Historia de las Hermandades y Cofradías Isleñas. A ellas se suman las existentes en capillas laterales, firmadas por el mismo autor: San José, San Antonio de Padua y Beato Diego José de Cádiz.

Las vírgenes del Carmen y de Fátima esperando subir a la furgoneta.

Las vírgenes del Carmen y de Fátima esperando subir a la furgoneta.

Éstas últimas son cobijadas en capillas neogóticas de madera barnizada, en contraste con el estilo ecléctico del retablo mayor, más acorde con las formas del Renacimiento aunque de la misma época. La finca en cuestión fue en origen una casa particular que Juana Morales Nepomuceno vendió a Vicente de Reyna y Martín en 1865. Posteriormente, en 1889, fue adquirida por el obispo Vicente Calvo y Valero según las investigaciones recogidas en la obra Clausuras. Conventos y monasterios de Cádiz, y en el que participaron profesionales isleños como Luis Martínez Montiel o José Ramón Barros Caneda, doctores ambos en Historia del Arte. Una obra de referencia que aborda el interés arquitectónico de esta finca adaptada a convento a fines del XIX, recurriendo a detalles ornamentales neoárabes y cuya principal reforma documentada corrió en 1911 a cargo del arquitecto Juan Cabrera y La Torre, quien también intervino en la construcción del Gran Teatro Falla.

Patrimonio La Isla no ha intentado contactar con el Obispado de Cádiz dados algunos antecedentes carentes de respuesta. No obstante, ciudadanos preocupados por el poco cuidado con el que parecen trasladarse las imágenes a tenor de las fotografías preguntaron a una monja que ataviada con el hábito franciscano se encontraba esta mañana a las puertas del convento. En referencia a la propiedad de los bienes -Orden u Obispado- respondió que “es nuestro” sin que sirviera de aclaración, pues no parece que se tratara de una de las Capuchinas. Otro testimonio recogido a uno de los implicados afirma que las hermanas cuentan ya con los permisos sanitarios necesarios para exhumar los enterramientos, que se reubicarían en el cementerio de la casa portuense.

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