El Zaporito, ‘in situ’

16 noviembre, 2014

por María Elena Martínez Rodríguez de Lema

Hace unos meses recibí un correo electrónico de quien era para mí un completo desconocido. Decía llamarse Alejandro Díaz Pinto y decía también ser periodista de la cabecera digital El Castillo de San Fernando, medio que estaba en conexión con el portal Patrimonio La Isla. La verdad es que, como siempre me ha gustado estar en contacto con la actualidad de mi ciudad, este periódico no me era desconocido.

Cuando quedamos para la entrevista, me quedé totalmente sorprendida. Se trataba de un chaval joven que hablaba de nuestro patrimonio y nuestra cultura con tanto conocimiento y sensibilidad que me cautivó totalmente. La conversación fue larguísima y hablamos de todo: de arte, arquitectura, escultura, pintura, música, gastronomía, memoria histórica, literatura, restauración y conservación de patrimonio.

Me dijo que estaba formando un grupo de gente amante y conocedora del patrimonio isleño, un grupo apolítico, con personas preocupadas porque nuestro legado se conserve, se difunda y se valore como se merece, para que adquiera desarrollo y cree puestos de trabajo, ya que es lo único que nos queda, porque actualmente San Fernando ha perdido el entramado económico que lo sostenía.

Me dijo que había conseguido reclutar historiadores, investigadores, restauradores, maestros, profesores de instituto y de universidad, fotógrafos, blogueros, artistas, gastrónomos, escritores, un buen número de ellos con publicaciones muy serias y reconocidas. Todos ellos dispuestos a colaborar.

La verdad es que mientras aquel chico me hablaba, un gran signo de interrogación se levantaba dentro de mí: -Pero… ¿esto es verdad? ¿De verdad que una cosa así está cobrando vida en San Fernando?

Creo que en este encuentro las primeras palabras que Alejandro me oyó decir fueron: -Ya es hora de que un movimiento de estas características se desarrolle en La Isla. Me parece una excelente iniciativa. Me siento alagada de que se haya pensado en mí para formar parte de él y estoy encantada de encontrarme entre vosotros para aprender y aportar lo que pueda.

A partir de ese momento, yo, que me considero recelosa de mi privacidad en Facebook, me vi unida a un gran grupo de amigos que hablan, debaten, exponen, organizan y comparten ideas sobre el patrimonio de La Isla.

El paso siguiente fue una reunión como primera toma de contacto en vivo. En realidad,  la mayoría ya nos conocíamos, aunque tengo que decir que, en mi caso, fue muy agradable reencontrarme con amistades de mi infancia de las que, por diferentes motivos, me había distanciado.

También sirvió esta primera reunión para poner las bases y los objetivos del movimiento que estábamos creando. De esa primera reunión, erudita pero distendida y divertida, de amigos del patrimonio, salió la primera actividad:

Y en ese momento un dedo me señaló a mí. Te toca a ti, me dijeron. Al dedo siguió  una pregunta:

¿Sería posible hablar del Zaporito in situ?

Y fue posible. El pasado sábado 15, a las 18 horas, un grupo de más de 70 amigos se reunió para charlar en el Molino de Mareas del Zaporito. Al principio pensábamos que la asistencia sería de 15 o 20 personas, pero, a medida que se iba acercando la fecha, el número de confirmaciones de asistentes aumentaba cada vez más.

No se nos puso impedimento de ninguna clase. El Molino de Marea se abrió para nosotros, a pesar de que se encontraba en un momento de interregno entre Ayuntamiento y Ciencia divertida, la empresa concesionaria para administrarlo. Su gerente Ramón Morales, se puso a nuestra disposición, proporcionando desinteresadamente todo lo que necesitábamos.

La documentación aportada por Pedro Martínez Chamorro dejaba claro y sin lugar a dudas que lo que ocurrió en este caso fue algo muy simple: La /S/ inicial de Saporito pasó a /Z/ como resultado del ceceo, fenómeno fonético propio del habla andaluza. Por tanto Saporito acabó siendo Zaporito, como Cambiasso acabó siendo Cambiazo, o Suaso pasó a ser Zuazo. Pasamos una tarde estupenda. A mí me tocó hablar de un tema que me encanta, que me apasiona y al que me siento muy ligada. Es el tema del libro de mi padre -Pedro Martínez Chamorro- que yo escribí. Y esto, que puede parecer una paradoja, en realidad no lo es, porque Pedro Martínez Chamorro, como consecuencia de un debate abierto en los años 70, inició un profundo trabajo de investigación para aclarar que el topónimo Zaporito no deriva de San Hipólito como se defendía en aquella época, sino del apellido Saporito, ya que fue Juan Domingo Saporito, rico caballero italiano afincado en Cádiz quien lo construyó en 1711.

Los avances en la investigación de mi padre dieron como resultado, en primer lugar, un artículo que él, con su característico sentido del humor, tituló: ‘De San Hipolíto na de na’.

Su intención era seguir adelante y escribir el libro. Pero una penosa enfermedad hizo que falleciera a la edad de 59 años, y yo, acostumbrada a oír el sonido de aquella máquina de escribir manejada tan hábilmente por mi padre, fui la encargada de continuar su trabajo y escribir el libro ‘El Zaporito: su nombre, su origen y su historia’, que está próximo a cumplir los 25 años desde su publicación en 1992.

Con los datos publicados en él y otros muchos que me han aportado mis investigaciones posteriores, abordamos, en sentido retrospectivo, la historia del barrio del Zaporito, la decadencia, suciedad y el abandono en el que cayó en la segunda mitad del siglo XX.

Hablamos de la carpintería de ribera llevada a su máximo esplendor en el primer tercio del siglo XX por Manuel Martínez Caballero, mi abuelo, quien la heredó de su padre, Miguel Martínez Ramos, mi bisabuelo, y quien, a su vez, se instaló en el Zaporito cuando en 1896 compró los terrenos a Mª Joaquina Lasso de la Vega, quien había heredado dos terceras partes de su padre Don Manuel Molina Tirry, IV Marqués de Ureña, y la otra tercera parte la había comprado a su tío Don Trinidad Molina y Medina.

Hablamos del origen del apodo Pelele. De cómo allá por los años de la guerra con los franceses, un vivaracho chiquillo, mi tatarabuelo, cruzaba las líneas enemigas con tanto desparpajo y despreocupación que los franceses lo llamaron pelele por su carácter inquieto y juguetón. Pelele en francés significa muñeco, aunque en castellano, más tarde, esta palabra haya tomado el sentido de ‘muñeco de trapo’ y luego pasara a significar ‘persona manejable’.

También tratamos el tema de los baños de Ureña, actividad lúdica tan de moda en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX.

Nos remontamos hasta a la época de José Micón, el rico caballero genovés afincado en Cádiz que construyó el Molino cuando le compró los terrenos a Juan Domingo Saporito, ampliando esta finca con la colindante del Duque de Arcos.

Por supuesto abordamos el tema de Juan Domingo Saporito, también rico caballero Genovés afincado en Cádiz al final del siglo XVII, al olor de las posibilidades de negocio que proporcionó el traslado de la Casa de Contratación de Sevilla a esta ciudad. Juan Domingo Saporito llegó a ser administrador de las Aduanas de Cádiz y se compró una gran finca en La Isla de León. En ella construyó el caño de su nombre.Hablamos del molino en sí, de su sistema hidráulico, de su arquitectura y reconstrucción.

Para ilustrar toda la exposición se proyectó un ‘power point’ con numerosas fotografías y documentación del Archivo Histórico Provincial, entre otros.

El desarrollo de la exposición fue muy distendido y dinámico gracia a las numerosas intervenciones de los asistentes, un grupo de isleños amates de la Historia, del Patrimonio, con inquietudes culturales y entre los que se encontraban personas muy cualificadas y especializadas.

Fueron más de dos horas las que pasamos hablando de lo nuestro, opinando y argumentando libremente.

Esperando ya con impaciencia la siguiente reunión, la actividad finalizó dejando un profundo regusto de que en nuestra Isla se puedan llevar acabo encuentros de este tipo.

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