De San Fernando a Cádiz por el camino Real

23 julio, 2017

por Enrique Pérez Fernández

Ldo. en Geografía e Historia

«Desde la tierra de León hasta Cádiz, situada en el noroeste de la isla, se camina algo más de dos leguas a través de una magnífica carretera, siempre muy animada, llena de gente y de vehículos.» Esto escribía en 1793, de paso por la bahía, el viajero jesuita Antonio Conca. (1) Esa «magnífica carretera», por donde transcurre la actual, se levantó unos años antes, en 1785. Reemplazó al viejo arrecife que destrozó el gran maremoto de 1755, que discurría por la playa abierta al mar a menos de 100 metros que hoy. Aquella mañana del 1 de noviembre fallecieron algunos vecinos que transitaban por el arrecife cuando les sorprendió el tsunami, que al decir del historiador portuense Anselmo Ruiz de Cortázar (1764), testigo de aquella jornada, «fue la mayor reventazón del mar en el camino o playa de Cádiz a la Isla, en que se juntaron los dos mares, y perecieron muchos trajineros, arrieros y pasajeros que transitaban este camino con los ganados y efectos que conducían, cuyo número de muertos fue considerable.» (2)

El viejo camino devastado fue heredero de otros arrecifes que se sucedieron y reformaron desde que a fines del siglo I antes de nuestra era se construyó la Vía Augusta, a su vez sucesora del camino fenicio que de Gadir llevaba al templo de Melkart de Sancti Petri, tan venerado y visitado por propios y extraños durante más de mil años.

El arrecife que destrozó el tsunami (rojo) en un plano levantado por el ingeniero Enrique Legallois y el trazado (amarillo) de uno nuevo que no se materializó entonces. Archivo General de Simancas.

El arrecife que destrozó el tsunami (rojo) en un plano de Enrique Legallois y el trazado de uno nuevo (amarillo) que no se materializó entonces. A. G. de Simancas.

Tras las secuelas que dejó el maremoto, pasaron los años hasta que de habilitar un nuevo arrecife se encargó, siendo Gobernador de Cádiz (1780-1786), el conde Alejandro O’Reilly, a cuya gestión también se debió la construcción del puente de barcas del Guadalete (1779) —al fin de su residencia en El Puerto como Capitán General de Andalucía— y el tramo de arrecife por el término portuense, del puente de San Alejandro al del San Pedro (1781).

El conde Alejandro O’Reilly (1722-1794) retratado por Francisco de Goya. Museo de San Telmo de San Sebastián.

El conde Alejandro O’Reilly (1722-1794) retratado por Francisco de Goya. Museo de San Telmo de San Sebastián.

De aquella obra entre La Isla y Cádiz y de su valedor decía el barón de Bourgoing: «Hasta 1785 no se podía ir en silla de posta a Cádiz. […] Cádiz le debe también [a O’Reilly] la reparación del camino que conduce a la Isla de león. La encargó a un ingeniero de caminos francés, llamado Bournial [sic], a quien hizo venir de Francia para darle empleo en su Escuela militar de Puerto de Santa María. Este camino, de un cuarto de legua de anchura al salir de Cádiz, se estrecha de tal modo a una legua de allí que en la marea alta el mar azota por ambos lados la base de la calzada por que se camina y que parece un audaz rompeolas construido por los hombres sobre los abismos oceánicos. Bournial ha elevado esta carretera, la ha fortalecido, adquiriendo con ello derecho a la gratitud de los gaditanos.» (3) Este Bournial era el ingeniero e hispanista (gran conocedor y traductor del Quijote) Henri Bouchon-Dubournial (1749-1828), que a Cádiz llegó invitado por el Gobierno —a iniciativa de O’Reilly— para reconocer la magna obra hidráulica romana que desde el manantial de la Sierra de las Cabras llevó sus aguas a Gades; y ya puesto, también por mediación de O’Reilly habilitó un nuevo arrecife entre Cádiz y la Isla de León.

Distintos núcleos de la Bahía en un antiguo mapa.

El camino Real entre El Puerto y Cádiz hacia 1800.

A la salida de San Fernando, el camino Real tomaba el curso recto hasta Torregorda, donde estuvo el faro de Gades y la almadraba de Hércules, y entre medias cruzaba el caño Arillo, que divide los términos de San Fernando y Cádiz y que describía Agustín de Horozco en 1598: «el caño de Arillo tiene tanta agua que puede nadar en él bajel de doscientas toneladas hasta más trecho que la tercia parte de lo que se entra por la isla, y así parece un grande río, siendo de mucha utilidad y beneficio todo aquello que por él se navega para el servicio de las heredades que están en la Isla. Hay en él algunas y muy buenas salinas, y dos molinos para hacer harina, cerca de ellos tiene una barca que da pasaje a los que no quieren rodear un poco del camino hasta pasar el caño por donde es ya poca su agua.» (4)

Los despojos de Trafalgar

En Torregorda el camino giraba para continuar por el largo y estrecho istmo que llega a Cádiz. Tan inmediato a la playa, que los carruajes, evitando el duro firme del arrecife, solían pisar por la orilla en bajamar. De ello dejó testimonio Antonio Alcalá Galiano, de una travesía que vivió de joven, cuando tenía dieciséis: «Emprendí, pues, mi viaje, que fue por tierra, en un calesín a uso de aquel tiempo. Al atravesar el arrecife que va de la isla de León (hoy San Fernando) a Cádiz, era uso de los carruajes, cuando estaba baja la marea, dejar el piso duro de la carretera por el blando de la playa, por el cual iban pegados al límite del agua, atravesando con frecuencia las olas por debajo de las ruedas.» Preciosa y evocadora estampa, pero aquel día era el 20 de octubre de 1805, la víspera de una trágica jornada en la Historia de España: la de la batalla de Trafalgar, en la que el padre del joven gaditano, el brigadier don Dionisio Alcalá Galiano, de reputada y justa fama, perdió la vida al mando del navío Bahama. (5)

Antonio Alcalá Galiano (1789-1865) retratado por Vicente Palmaroli (Museo del Prado) y su padre el brigadier Dionisio Alcalá Galiano (1760-1805), Museo Naval de Madrid.

Antonio Alcalá Galiano (1789-1865) retratado por Vicente Palmaroli (Museo del Prado) y su padre el brigadier Dionisio Alcalá Galiano (1760-1805), Museo Naval de Madrid.

Dos días antes de la tragedia, la familia del marino se había trasladado a su finca de Chiclana para que la esposa y madre, aconsejada por los médicos, convaleciera en el campo de la grave enfermedad que padecía. Esto era costumbre entre la gente pudiente gaditana, como lo decía unos años después (1854) Antoine de Latour: «Chiclana es inseparable de Cádiz. Allí van a descansar los ricos comerciantes gaditanos; […] Chiclana es un lugar apacible, de aguas minerales [la casa de Braque y el balneario de Fuente Amarga] que atrae, sobre todo, a los enfermos y a los que, como ellos, necesitan silencio, paz y aire puro.» (6) Viaje que la familia hizo desde Cádiz por mar —dos horas solía tardarse con viento y marea favorables— en un bote del Bahama y remontando el caño de Sancti Petri y el de Machín para desembarcar junto al chiclanero molino de Bartivas: «Hicimos el viaje por agua, llevándonos mi padre en su bote, y llegados se despidió, asegurando que volvería dentro de tres o cuatro días, pues era seguro que no saldría la escuadra.» Pero sí salió. Y ocurrió lo que ocurrió con la flota inglesa.

Con el fin de recabar noticias de lo sucedido, volvió Antonio Alcalá a Chiclana para luego retornar a Cádiz. Así lo contó: «el día 22, recién aparecidos delante de Cádiz los navíos que bien merecen ser dichos despojos del combate, traté de restituirme a Chiclana a dar a mi madre algún consuelo en sus congojas y dudas […] Difícil nos era el viaje, porque por agua no consentía el tiempo hacerle, y por tierra faltaban medios de ponerse en camino, estando embargado todo carruaje. Vencí este inconveniente yendo yo a ver a Solano [el Gobernador Francisco Solano], el cual me distinguía notablemente, y que además hubo de tomar en consideración las circunstancias en que me hallaba. Concedióseme un calesín, y pasé a Chiclana por tierra; pero siendo a la sazón el camino que lleva a aquel lindo pueblecito, desde el de la isla de León, largo y malísimo, hicimos harto incómoda jornada. […]

Chiclana desde el camino del Zurraque. A la izquierda, la caseta del Portazgo. Grabado de la Litografía Alemana, hacia 1870.

Chiclana desde el camino del Zurraque. A la izquierda, la caseta del Portazgo. Grabado de la Litografía Alemana, hacia 1870.

No teniendo noticias en Chiclana, resolvimos venir a Cádiz a buscarlas. […] Hicimos el viaje en un coche bastante cómodo; pero salidos de la isla de León, y pasada Torregorda, al acercarnos a Cádiz, presenciamos un espectáculo espantoso. Estando la marea baja, echamos por la playa. Pero aquel camino siempre cómodo dejaba de serlo, porque le cubrían a cada paso despojos de naves, pedazos de jarcias, de arboladura, aun de cascos de buques, y con particularidad de botes, no faltando entre ellos de trecho en trecho algún cadáver; todo lo cual arrojaban a la tierra las olas encrespadas, que sin amansar su furia seguían apareciendo en el mar a modo de montes y estrellándose con ímpetu y tremendo ruido en la arena. Cerraba los ojos mi afligida madre como temerosa de encontrar entre los muertos el cuerpo de la persona querida, cuya pérdida, si no era para nosotros cierta, estaba muy dentro de los límites de lo probable.» (7)

Los ventorrillos, parada y posta

Dos ventorrillos existían entre San Fernando y Torregorda por aquel tiempo de Trafalgar y que seguían abiertos a fines del siglo: el ventorrillo de Ardila (cerca de la batería militar de este nombre o Doctrinal, levantada en 1804) y el ventorrillo de Isabel, que debe ser el del sainete —de 1830— Los caleseros de Cádiz o el jaleo de los americanos en el ventorrillo de Isabel (8); que aún estaba abierto en 1910, cuando junto a él establecieron el fielato o portazgo, hasta entonces sito en el camino Real junto al puente del caño Zurraque. (9)

La larga y estrecha lengua de arena que transcurre entre el mar y la bahía, de Torregorda a la Cortadura de Cádiz, siempre fue un arenal desierto, excepción hecha de la presencia militar y de algunos ventorrillos que también cumplían la función de refugio ante las inclemencias del tiempo y lugares donde reponer fuerzas en la larga travesía que media entre San Fernando y Cádiz; entre otros, en el transcurso del siglo XIX, los ventorrillos de Torregorda, de la Zamarrilla, de Santibáñez (apostado junto al camino que conducía al molino de su nombre), el histórico ventorrillo del Chato que ha llegado a nuestros días desde que Chano García lo abrió en tiempos de O’Reilly, en 1780; el ventorrillo de Castañeda

En un plano de 1870, trazado parcial del Camino Real desde San Fernando: 1-venta Ardila. 2-batería Doctrinal. 3-caño y molino del Arillo. 4-ventorrillo de Isabel. 5-Torregorda. 6-ventorrillo Santibáñez. 7-molino de Santibáñez.

En un plano de 1870: 1-venta Ardila. 2-batería Doctrinal. 3-caño y molino del Arillo. 4-ventorrillo de Isabel. 5-Torregorda. 6-ventorrillo Santibáñez. 7-molino de Santibáñez.

Eran algunos de los ventorrillos a los que aludía Pérez Galdós en su Episodio nacional Cádiz (cap. 4), ambientado en 1812: «Durante las operaciones nos seguía [lord Gray], armado de fusil, sable y pistolas, y en los ratos de vagar iba con nosotros a los ventorrillos de Cortadura o Matagorda, donde nos obsequiaba de un modo espléndido con todo lo que podían dar de sí aquellos establecimientos; particularmente en el (supongo que ficticio) ventorrillo de Poenco, donde transcurren algunas de las escenas de la novela. (10) Texto galdosiano que a su vez inspiró al portuense Francisco Javier de Burgos (1842-1902) para componer el libreto de la zarzuela Cádiz (1886, música de Chueca y Valverde) y situar algunos actos de la obra en un ventorrillo del barrio extramuros de Puerta de Tierra. «¡Mis Lor! ¡Mis Lor! / ¡Me paece a mí / que he bebido mucho alcohol!»

También eran los ventorrillos a los que se refería Alcalá Galiano que había al comienzo de la revolución de 1820 (la que dio paso al Trienio Liberal). Entonces, el coronel Antonio Quiroga, tras conquistar el puente Suazo, La Carraca y la Isla de León, con el mismo fin se encaminó a Cádiz, llevando a su lado al comandante Lorenzo García —«llamado comúnmente el Fraile, por haberlo sido antes de vestir el uniforme de militar»—, quien «Señalábase además por ser hombre de los conocidos con el apodo de borrasqueros, que pasan su vida en comilonas y grescas, y en calidad de tal, habiendo residido algún tiempo en Cádiz, conocía a palmos el terreno que separa aquella ciudad de la isla de León, por haber comido con frecuencia en los ventorrillos esparcidos por allí a corto trecho unos de otros. Este, pues, pidió a su amigo Quiroga el mando de las tropas destinadas a la Cortadura, por cuyas inmediaciones podía él andar con los ojos vendados sin errar un paso.» (11)

El istmo entre Torregorda y el ventorrillo El Chato, frente al que se conservan las ruinas del viejo arrecife. Foto tomada de playacádizablogspot.com.

El istmo entre Torregorda y el ventorrillo El Chato, frente al que se conservan las ruinas del viejo arrecife. Foto tomada de playacádizablogspot.com.

El arrecife que se levantó en tiempos de O’Reilly entre Cádiz y San Fernando perduró hasta que a mediados de la década de 1840 se construyó en este tramo la ‘carretera general Madrid-Cádiz’. Mediado el XIX, dos eran las empresas encargadas del transporte entre ambas poblaciones con calesas, ómnibus, góndolas y cabriolés, que cubrían el trayecto en algo más de hora y media y de las que diariamente hacían uso unas 350 personas, pagando por el servicio una media de 5 reales. Y entre San Fernando y Chiclana, tanto en los botes del Zaporito como por la vía terrestre del puente del Zurraque, unas 30 personas, principalmente en calesas y a lomos de borricos. (12)

Aquí lo dejo. Otras muchas historias podrían contarse del viejo camino de Cádiz a San Fernando, una y otra vez renovado y que durante tres mil años ha unido las islas gaditanas. En una próxima entrega recordaremos otras historias del camino Real en su tramo Puerto Real-San Fernando: el Meadero de la Reina, el ventorrillo del Arrecife, las barcas y puentes del Zurraque…

Notas

(1) Descrizione odeporica della Spagna in cui spezialmente si dà noticia delle cose spettanti alle belle arti degne dell’attenzione del curioso viaggiatore. Parma, 1793, pág. 310. Citado en Soledad Porras Castro: Viajeros italianos en España. Cádiz en los libros de viajes del siglo XIX. Universidad de Cádiz, 2010, pág. 81.

(2) Puerto de Santa María ilustrado y compendio historial de sus antigüedades. Edición y estudio, M. Pacheco Albalate y E. Pérez Fernández. Ayto. de El Puerto, Biblioteca de Temas Portuenses nº6, 1997, pág. 374.

(3) Jean François Bourgoing: Nouveau Voyage per l’Espagne. París, 1789. Citado en José García Mercadal: Viajes de extranjeros por España y Portugal. Tomo III, Madrid, Aguilar, 1962, págs. 1029 y 1038.

(4) Historia de la ciudad de Cádiz (1598). Ed. Ayto. de Cádiz, 1845, pág. 142.

(5) Afectuosas palabras le dedicó Pérez Galdós a don Dionisio en las voces de algunos protagonistas de su relato Trafalgar. Así, “Galiano es un héroe y un sabio”; “el más valiente brigadier de la armada”; “otro más caballero y más generoso que don Dionisio Alcalá Galiano no ha nacido en el mundo” (caps. 12 y 16).

(6) La Bahía de Cádiz de Antoine de Latour. Diputación de Cádiz, Ciencias Sociales 3, 1986, pág. 96. Traduc­ción y notas, Lola Bermúdez & Inmacula­da Díaz.

(7) Memorias de D. Antonio Alcalá Galiano publicadas por su hijo. Recogido en Obras escogidas de D. Antonio Alcalá Galiano, ed. Jorge Campos, Madrid, 1955, t. II, págs. 13, 14 y 16.

(8) Faustino Núñez: Cádiz y lo flamenco en torno a 1812. Ed. El Boletín, 2012, pág. 105.

(9) Diario de Cádiz, 15 de agosto de 1910.

(10) Pudo tomar don Benito el nombre de ventorrillo de Poenco del sainete de J. I. González del Castillo El soldado fanfarrón (1780), de Poenco, habitual visitante y bebedor en los ventorrillos de Puerta de Tierra en esta popular obrilla.

(11) Obra citada en nota 7, págs. 25-26.

(12) Pascual Madoz: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Madrid, 1845-1850. Edición facsímil de la provincia de Cádiz, Ambito Ediciones, 1986, pág. 213.

 

 

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