Los lugares de ‘Los Años de la Ballena’

31 diciembre, 2015

por Antonio Díaz González

No soy hombre de patrias ni de soflamas, pero si hacemos caso a Rilke en eso de que nuestra verdadera patria es la infancia, entonces sí, en ese caso soy patriota de las películas de romanos en el cine Salón, de las de Godzilla, Tarzán o Maciste en el cine Carraca, de los cantos de guerra acompasados por la soldadesca infantil en el teatro de Las Cortes -que salgan los ‘convois’ o si no, me voy-, de nuestras incursiones de guerrilla en pantalón corto por el llano del TEAR, La Casería y los muros de los esteros, o de la eterna ofensiva entre las barriadas Bazán y Carlos III -aquellas sí que eran pedreas y no las que nos traen las bolitas de madera cada año por estas fechas-.

Lugares comunes con sus particulares leyendas y sus propias quimeras, como describió magníficamente mi querido amigo Miguel Ángel López Moreno en su libro Crónicas de Villajovita, en este caso sobre su infancia en Ceuta. Nadie como él para describir la búsqueda de una quimera por parte de una pandilla de imberbes con su capítulo En busca de los siete lagos subterráneos, en donde, casualmente, habla de una playa llamada La ballenera.

Hechos, compañeros de correrías y lugares infantiles y comunes, esas son nuestras patrias. Y como yo no sabría escribir de otra cosa, reconozco que Los años de la ballena podría ser un catálogo de las localizaciones de la película de mi infancia y de mi propia vida. Sé que la elasticidad y la buena cintura de un autor deberían capacitarle para plasmar recorridos de parajes ajenos por los folios, con la misma gracia y soltura que lo haría al llevar su café con leche desde la cocina al sofá. Pero ese no es mi caso, lo siento. Mis relatos navegan siempre por aguas conocidas, será por eso que rara vez oigo cantos de sirena, ni me atan los nautas a ningún mástil mientras me embaucan los cantos lontanos. Y he usado a propósito la palabra autor, cuando todos sabemos que el primer propósito de quien escribe es el de ser catalogado como escritor. Hace unos días tuvimos la presencia del novelista Jesús Maeso en la Tertulia Literaria ‘Rayuela’ de San Fernando. Él mismo rechazó para sí la palabra escritor, aun habiendo publicado ya once novelas, varios ensayos, libros de relatos, poesía, etc. traducidos a muchos idiomas con enorme éxito y con miles de ejemplares vendidos por todo el mundo. Se auto definió como un lector de novelas que, además, escribe. Toda una lección de humildad, sobre todo para un mundillo en el que lampamos por conseguir un lugar en éste nuestro particular y local Parnaso. Es por eso y por otras reflexiones por lo que defiendo la definición de autor, al menos en mi caso. Después de todo es un adjetivo que se puede aplicar incluso a los delincuentes: “El autor de los hechos fue detenido in fraganti”.

Y continuando con los lugares citados en Los años de la ballena, desde el edifico Banesto de la plaza de Cataluña en Barcelona hasta la taberna del Manteca en Cádiz, son lugares que he recorrido y mirado con ojos de niño absorto, algo que a mi modesto entender agradece quien la lee. El catedrático de Historia de la Literatura y de Literatura Comparada Dr. José Antonio Hernández Guerrero, autor del prólogo, ha explicado este hecho con su magisterio habitual, nadie como él para explicarnos este proceso en Los años de la ballena:

Es cierto que las novelas, por pertenecer al género literario de ficción, cuentan hechos imaginarios, pero también es verdad que, cuando el autor posee la habilidad de enviarnos sutiles guiños ofreciéndonos datos comprobables, puede lograr que recibamos la impresión de que relata unas historias reales próximas a las que nosotros hemos vivido en lugares tan concretos como, por ejemplo, la Plaza de Cataluña o el Barrio Gótico, de Barcelona; la Iglesia Mayor, la Calle Real, La Carraca, La Constructora Naval, la Plaza de la Iglesia, la Iglesia de la Pastora o el Caño de la Jarcia, de San Fernando; una huerta de Chiclana: el Barrio de la Viña, la taberna de El Manteca o la Cuesta de las Calesas, de Cádiz. En eso consiste, como es sabido, el arte de lograr que los episodios narrados sean ‘verosímiles’ y, por lo tanto, creíbles. En el conjunto de descripciones y de narraciones, sin embargo, he observado un permanente equilibrio entre las referencias a objetos y a hechos reales, y entre los datos constatables y los episodios creados mediante un esmerado ejercicio imaginativo.

Y continuando con la modesta aportación de este autor que suscribe, como les decía, no resulta extraño que uno de los atractivos posteriores a la publicación de Los años de la ballena haya sido precisamente ‘La ruta de la ballena’, una ruta turística y literaria por algunos de los lugares que recorren los personajes Rubén y Marta, concretamente en Jerez de la Frontera, San Fernando y Cádiz, que disfrutamos con lectores y lectoras de dentro y fuera de esta tierra.

Tomando de nuevo como referencia el prólogo del Dr. José Antonio Hernández Guerrero, podemos comenzar por la Plaza de Cataluña y el barrio gótico en Barcelona. Lugares en plena ebullición en la década de los setenta donde, al igual que las calles de París en la revolución del 68, se convertirían en el escenario de protestas y manifestaciones pidiendo amnistía y democracia. Rubén, protagonista en esta fase de la novela, actúa aquí como testigo de excepción. En esta ocasión, a diferencia de su actitud en su posterior visita a Andalucía, hace de notario de la realidad sin intervenir en ella:

<<Una especie de corriente eléctrica recorrió entonces el cuerpo de Rubén. Concluyó que de pronto había sido protagonista de algo parecido a un bautismo periodístico. De golpe entendió lo que suponía el periodismo en aquellos días y como si de un acto ceremonial se tratara, se unió a aquella extraña comunidad de testigos de excepción, a aquel grupo de extravagantes notarios de días tan históricos… y tan cotidianamente grises>>

Sin embargo, como suele suceder, Rubén se deja conquistar por ‘lo andaluz’. Llega a nuestra tierra y toma el papel de protagonista activo. Investiga, intenta conocer, ahonda en historias pasadas y se enfrasca en la frenética y atractiva búsqueda de Marta, la señora andaluza que conoció casualmente en Barcelona y que huyó nada más verle. Para ello pisa los mismos suelos que pisó Marta en la Guerra Civil: La Iglesia Mayor, la Calle Real, La Carraca, la Constructora Naval, la Plaza de la Iglesia, la Iglesia de la Pastora… empapándose del mundillo de Marta, el mundo de San Fernando, nuestro mundo. Ese que nos cala hasta los huesos y que por ser tan local es también universal:

<<Llegué a mi casa que no podía ni hablar. Abracé a mi niño y me llevé horas en la mecedora sin decir ni pío. Al día siguiente, anocheciendo, fui a buscar de nuevo a Don Arturo, el sargento, pero esta vez fui a su casa. Vivía cerca de la mía, junto a la Iglesia de la Pastora. No tuve que decirle nada. Cuando entré en su casa le vi sentado con un brazo apoyado en la mesa y la otra mano sobre su rodilla…>>

Lugares reconocibles, sí. Rincones de nuestra tierra y nuestra memoria, pero que dan la consistencia de credibilidad para que los lectores ajenos a estos nombres no se sientan seres extraviados en parajes extraños.

<<Pero no se lo van a creer, traía agarrado por el brazo al Congui, el del Zaporito. El chiquillo tendría unos trece o catorce años. Estaba renegrío de bañarse en los muros y siempre se estaba haciendo el chulillo, el más valiente. Cuando yo pasaba por el puente Zuazo lo veía en lo alto del pretil esperando a que alguno le diera una perra gorda>>

El Zaporito, el Puente Zuazo. ¿Hay sitios más emblemáticos que estos en San Fernando? Espacios que recorrí de niño por los que galopan las ideas antes de reflejarse en el papel. Y mientras les estoy escribiendo estas letras se me embriagan los sentidos con el aroma a aliño de aceitunas que emanaba de unas puertas en la calle Santiago, frente a la ventana de la casa de mi abuela, a un paso y medio del Zaporito.

<<Te estaba diciendo que cuando salí iba tan desorientada que pasé de largo por el castillo, había recorrido media calle Real entre la gente sin ver a nadie ni pensar siquiera por dónde iba. De pronto me di cuenta de que un carro iba a mi lado andando. Con el ruidazo que hacían las ruedas esas de hierro y las herraduras del caballo y yo sin escucharlo siquiera, como cuando me hablaba al lado la tía puñetera del mercado…>>

Castillo de San Romualdo, calle Real, plaza de abastos… Son varios los lugares cañaíllas citados en este párrafo y también son varios los protagonistas de la novela, varias sus voces con entonaciones diferentes, como la que oye Rubén en boca de un viejo asiduo de los güichis cañaíllas:

<<De vez en cuando nos acordamos de la gente que ya no está, y ayer mismo estuvimos hablando de Merceditas Prián. La primera vez que la vi fue allí mismo, en la Alameda, y para mí que se me presentó una imagen celestial. Si eso me sucediera ahora me avivaría de nuevo los tizones de una vida que, por muchas historias que os cuente, en realidad no pasó de ser un rescoldo. La niña de Prián el de las concesiones de los vapores, tú la conociste Paco, se bajó de un charré con un caballo tordo español que quitaba el sentío>>

Este artículo sería demasiado extenso si me prodigara en todas las localizaciones de la novela. Podría seguir explicando mi amor por mi tierra y su patrimonio cultural y natural, pero creo que hay luchas que se desarrollan mejor ejerciendo la sutileza contundente de una metáfora, de una vivencia o una trama literaria sobre el papel, blanco sobre negro. La literatura contra el historicidio, como diría la periodista y novelista sevillana Eva Díaz Pérez.

He tenido muchas satisfacciones con Los años de la ballena: saber que puede haber alguien que pasee junto a la Casa del Turco en la calle Real y se haga ciertas preguntas a raíz de su lectura, o que eso mismo suceda al mirar la fachada de la Casa Lazaga, o el mercado, o Capitanía, o que más de un lector se pregunte dónde está situado el caño de la jarcia… Detalles como esos o tener la posibilidad de hablar y explicar sus localizaciones a personas que nunca habían estado en Cádiz y su provincia. Pero lo que más me enorgullece es ver que la ballena continúa, que aún hay multitud de posibles lectores de esta historia tan nuestra que se van sumando al carro de los seguidores de sus singladuras y lugares. Ya veremos hasta dónde da el fuelle de sus pulmones. Por ahora, mientras navegue, que ustedes la disfruten y que el nuevo año les traiga singladuras agradables y placenteras.

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