La verdadera esencia de ‘Las Callejuelas’

11 julio, 2016

por Antonio Domínguez Rodríguez-Guerra

Hay momentos en la vida en los que las cosas no salen como uno espera o desea. Cuando eso ocurre, aparecen muchos sentimientos cruzados, entre los que la melancolía reclama su espacio. En ese momento vienen a la mente recuerdos del pasado, de un pasado cada vez más lejano. Llegan al recuerdo esos años en Las Callejuelas, esos años de infancia vividos en un patio. Eran otros tiempos, quizá mejores, quizá no. Años de inocencia, o así deberían haber sido, pero por suerte o por desgracia la vida no era fácil y hacía que, a pesar de ser unos críos, hubiera que echar mano de cierta picardía -que no debe confundirse con maldad-.

En esa época no contábamos con ordenadores ni videoconsolas, y mucho menos con smartphones. Lo más a lo que podíamos aspirar era a coger el UHF en nuestros televisores en blanco y negro. Las Callejuelas ni mucho menos estaban asfaltadas, el pavimento estaba compuesto de cantos enterrados en tierra. Por supuesto esto no dejaba de ser una oportunidad para las largas tardes después de las clases, ya que esas piedras se convertían en el ingrediente central de más de un juego -seguramente inventado por alguno de los críos-. A pesar de no tener tecnología disponíamos de algo mucho más importante: la imaginación.

Aún recuerdo la noche que en la calle Carmen encendieron las farolas y apareció completamente iluminada como si fuera al mediodía. Lo recuerdo porque, aunque a muchos hoy en día les cueste creerlo, esa calle no disponía de iluminación por aquel entonces. Recuerdo estar en casa con la familia y, de repente, oír gritos en la calle. Gritos de mujer, por lo que todos los vecinos salimos asustados para ver que es lo que había ocurrido, y cuál no fue nuestra sorpresa cuando pudimos comprobar que los gritos eran de euforia, de la primera vecina que vio las farolas encendidas.

Se trataba de un barrio de gente humilde, gente acostumbrada a buscarse la vida todos los días. Obreros de la construcción, pescadores, mariscadores… en definitiva, ‘buscavidas’, además de algún que otro operario de la Bazán y de ‘la Constructora’ -como denominábamos a la Constructora Naval en el barrio-. Gente humilde pero con carácter y con mucho arte. No de casualidad salieron de sus calles algunos de los mayores representantes del Flamenco. En concreto uno de ellos, convertido en referente para muchos dentro de esta disciplina. Afortunadamente la melancolía pasa rápidamente y la mente regresa al presente.

Atrás quedan los recuerdos, aunque siempre con la duda de si ‘cualquier tiempo pasado fue mejor’…

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