El eco de los presos en las mazmorras del Ayuntamiento

10 enero, 2017

por Alejandro Díaz Pinto

La cárcel es una de las dependencias menos conocidas y, a la vez, más intrigantes de la Casa Consistorial. Sus muros aún presentan ‘recuerdos’ de quienes estuvieron allí retenidos.

De sobra es sabido que, dado el gran impulso social, económico y demográfico que la Isla de León comenzó a experimentar durante la segunda mitad del siglo XVIII con el traslado de la Marina, se hacía necesario contar con una forma de gobierno totalmente autónoma en la villa. Esto se materializaría con la Real Cédula de Carlos III de 28 de enero de 1766, que daría el visto bueno a la configuración de un Ayuntamiento propio. Tras una serie de desavenencias surgidas durante la búsqueda de los terrenos apropiados y las divergencias en torno a la naturaleza del proyecto en sí, fue el arquitecto Torcuato Cayón quien diseñó los primeros planos para la nueva casa consistorial trabajando en dicha obra hasta 1783. Posteriormente se harían cargo otros reconocidos arquitectos del momento como Pedro Ángel Albisu -quien se centró en la primera planta y la escalera principal- y Amadeo Rodríguez, que culminaría las obras de manera global otorgando al edificio el aspecto que presenta en la actualidad.

Ya en su proyecto, confirmado por Ventura Rodríguez, Torcuato Cayón contemplaba la inclusión de la cárcel junto con la plaza, casas capitulares, alhóndiga, panadería, carnicería o matadero. Luis Martínez Montiel afirma en San Fernando, una ciudad de las luces que durante el siglo XVIII no eran sino los presos quienes más sufrían esta necesidad debido al hacinamiento al que se les tenía sometidos dada la pequeñez y las malas condiciones de la entonces prisión. De igual modo, los vigilantes tenían constantes problemas de fugas debido a la inseguridad que la caracterizaba. El Real Consejo acordaría ante esta situación, en 1783, “que se proceda a la venta de la cárcel vieja”, para lo cual, se solicitó a los maestros alarifes públicos de albañilería y carpintería que establecieran un justiprecio.

La inclusión de la cárcel como parte del proyecto continuaría vigente, aunque con algunos cambios, tras la muerte de Cayón. Entre los problemas surgidos una vez Albisu continuó las obras en los años ochenta del XVIII, cabe destacar las quejas del regidor Francisco Zimbrelo por el excesivo costo de algunas obras de carácter provisional no incluidas en los planos originales, en detrimento de otras de mayor necesidad, como la cárcel. Ésta se concluyó, según un comunicado del propio Albisu, en agosto de 1792. Estaba compuesta por dos habitaciones grandes que harían las veces de calabozos para los presos y una más pequeña a la que se adosaba la enfermería. La prisión contaba también con cocina, servicio y ocho calabozos subterráneos bajo el patio a los que se accedía a través de corredores ventilados gracias a un cañón con tres rejas labrado sobre el propio terreno. Este patio tenía, a su vez, pozo, pila y una gran parra de hierro sobre su cornisa a modo de armadura para evitar las fugas. El resto del área se completaba con sendas habitaciones para el alcaide, el cuerpo de guardia, sala de audiencias y otra más habilitada como prisión de mujeres -que contaba además con dos calabozos y sus correspondientes corredores-. Había, en última instancia, una capilla con bóveda semiesférica y dos rejas que permitía escuchar misa a los reclusos de ambas plantas. Este espacio se integraría posteriormente en la Biblioteca Lobo.

Pese a estar ya en funcionamiento por aquellas fechas, lo cierto es que las condiciones climáticas afectaban gravemente a un gran edificio sin techar, como permanecía entonces el Ayuntamiento isleño, por lo que el mismo, aquejado de graves problemas de conservación desde el primer momento, sufría un deterioro demasiado acuciante para los leves saneamientos y reparos que recibió durante gran parte de la centuria decimonónica.

Así, en los años veinte del siglo XIX, se acometieron una serie de obras de poca envergadura en diversas dependencias del aún inconcluso edificio. Entre ellas, se reformaron las estancias destinadas al cuerpo de guardias de la policía, así como los comunes y cañerías de la cárcel. Esta, no obstante permanecería en estado ruinoso hasta la definitiva intervención global de Amadeo Rodríguez. Por entonces, dice Martínez Montiel, era precisamente la cárcel uno de los temas que más preocupaba a las instituciones. Con las últimas ampliaciones proyectadas a partir de los planos de Cayón, quedaba sumamente lóbrega, pues su punto de iluminación era cenital y la elevación de los muros perimetrales haría que se perdiese cada vez más. El entonces secretario temía que acabara convirtiéndose “en un foco pernicioso de enfermedades”, algo que pudo solventarse con una serie de modificaciones efectuadas sobre el proyecto original de la mano de Rodríguez.

Recuerdos en los muros

Las obras del Palacio Consistorial van viento en popa, si bien es cierto que algunos de sus espacios serán profundamente reformados, e incluso demolidos, a objeto de recuperar su identidad original. Este hecho, unido a las dificultades de acceder al Ayuntamiento durante la ultima década pese a que -al parecer- no presentaba un estado grave de ruina, ha provocado que muy pocos vecinos conozcan estas lóbregas estancias más que por la jerga popular que se encargó de rebautizar la calle Hermanos Laulhé, por donde asoman tímidamente sus respiraderos. Sin embargo y gracias a la generosidad de Juan Antonio Vijande, colaborador de este medio, hemos tenido acceso a imágenes no solo de las mazmorras sino también de los grafitis que realizaban los presos en sus paredes y siempre han dado lugar a todo tipo de leyendas urbanas. Pero no, no se trata de una leyenda urbana ya que en las imágenes que se adjuntan a continuación pueden observarse firmas, fechas, embarcaciones e incluso lo que parecer ser ¡un banderillero en en el ruedo!

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Figura antropomorfa. ©Juan Antonio Vijande

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Embarcación. ©Juan Antonio Vijande

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Embarcación. ©Juan Antonio Vijande

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Firma y leyenda. ©Juan Antonio Vijande

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Uno de los pasillos. ©Juan Antonio Vijande

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Embarcación. ©Juan Antonio Vijande

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