Así abría temporada la almadraba de la ‘Punta de La Isla’ en 1920

13 mayo, 2017

por Jaime en El Noticiero Gaditano [19/04/1920]

localizado y transcrito por Alejandro Díaz Pinto [13/05/2017]

BENDICIÓN DE LA ALMADRABA DE «PUNTA DE LA ISLA»

   Amaneció ayer un día espléndido, uno de esos días tan andaluces, y como domingo, tan gaditano.

   Porque Cádiz, es siempre, pese a su aristocratismo peculiar, un pueblo dominguero; que esta alegría constante del vivir que palpita en el alma del pueblo gaditano, es más intensa el domingo, la fiesta santa del descanso, y la fiesta sagrada del espíritu, para un pueblo que sabe vivir su vida al margen de toda clase de conflictos, sin preocupaciones por la solución de problemas que parece que no le interesan, porque ha resuelto el más fundamental: administrarse a sí mismo su alegría, que es el más preciado don de esta bendita tierra.

   Una amable invitación de los concesionarios de la Almadraba de «Punta la Isla», señora viuda de Galán y Sr. Ródenas, nos hace muy gustosos madrugar, ocupar un asiento en el tranvía y, acompañados por otros señores invitados, recorrer el trayecto, siempre bellísimo y lleno de atractivos, de Cádiz a San Fernando, entretenidos en charla amena y agradable.

   Dejamos el tranvía y el paseo a pie, impuesto voluntariamente, para disfrutar las delicias de un paisaje encantador, embellecido por la magnificencia de un día espléndido, se hace tan corto como delicioso.

   Ya estamos en Gallineras. En el muelle de embarque de la ría de Sancti-Petri, éste que pudiera ser admirable puerto de refugio, si el Estado español no durmiera el sueño de su inepcia, y que no es más que un río bellísimo, con el fango por lecho y una barra imposible por desembocadura.

   Ya empieza para nosotros, a partir de este momento, la amable tutela de los concesionarios de la Almadraba, que no ha de cesar en todo el día y ha de confundirnos en un derroche de atenciones sin cuento, de galante y afectuosa hospitalidad.

   Embarcamos en el magnífico remolcador «Río Miñor», que ostenta flameando al viento la bandera gualda y roja, detalle que colma nuestra simpatía, y saluda nuestra llegada con los valientes toques de su bocina.

   Marinos de guerra y militares la mayoría de los pasajeros del gallardo buque, que es como decir comunidad de ideales, amena y franca camaradería. Deliciosos los 20 minutos que dura el trayecto, luchando el «Río Miñor» con la marea creciente; y en la lucha, triunfa con creces, guiado por la pericia de un piloto tan experto como simpático y afable.

   Ya estamos frente al muelle de desembarque; una hábil maniobra, dictada desde tierra por el competente capitán de la Almadraba, para evitar molestias al pasaje, hace atracar el buque al mismo borde del desembarcadero.

   Saltamos al muelle. Nos reciben los señores D. Eloy Galán, D. Ángel Ródenas y D. Francisco Martínez; estos señores, tan sencillamente amables, tan afectuosos y tan modestos, que aun se creen obligados a rogarnos que olvidemos deficiencias allí donde, si todo no estuviera admirablemente dispuesto, galantemente previsto, habría que olvidarlo en gracia a tanta afectuosidad, a tan sinceros deseos de complacer y hacerse agradables.

   Revestido ya de los atributos religiosos el sabio sacerdote de Chiclana, padre Fernández Caro, tiene lugar seguidamente la ceremonia de la bendición del arte y aparejos de la Almadraba, en la que actuaron de padrinos el digno comandante de Marina de San Fernando y una preciosa nena, hija de uno de los empleados. Todos los asistentes al acto, descubiertos, siguen al virtuoso sacerdote que recorre los distintos lugares en que los aparejos están colocados, pronunciando las oraciones de ritual.

   Ya están benditas las redes, las anclas, todos los accesorios de la Almadraba. Ya la fe ha derramado los raudales de su gracia sobre los útiles del trabajo, asistida de las oraciones de todos y son ahora los obreros, los trabajadores del mar, los sufridos y bravos almadraberos, que tantas veces han de jugarse la vida defendiendo el pan de los suyos, los que refrendan con una oración elocuentísima este acto tan conmovedor. Y prorrumpen en entusiastas vivas que son unánimemente contestados… ¿A quién son los vivas? A los concesionarios de la Almadraba, a los amos, a LOS PATRONOS.

   ¡Obreros aclamando y vitoreando a sus patronos!

   Valga esta admirativa exclamación, en el actual momento de lucha enconada y desleal entre elementos que fraternalmente debieran dirimir sus cuestiones, si la codicia, el arribismo y la mala fe, no inspiraran a sus directores; valga, decimos, por todo lo que en este momento escribiríamos para elogiar cuanto se merece esta admirable organización de la entidad almadrabera, que sabe exponer un capital cuantioso en un negocio inseguro, dar de comer a quinientas familias y ganarse el cariño de su personal que le aclama y festeja.

   Ya estamos todos los invitados en una de las dependencias de la Almadraba, habilitada para comedor, artísticamente exornada toda ella con atributos de la profesión, admirablemente dispuesto el servicio, con alardes de comodidad y buen gusto, solo explicable en un lugar destinado al trabajo, por la munificencia y esplendidez con que los señores concesionarios de la Almadraba, que se multiplican en delicadas atenciones, han sabido honrar a sus huéspedes de unas horas.

   Suculento y bien servido el almuerzo, compuesto de cuatro platos con entremeses variados, selectos los vinos y licores, fragante y adormecedor el exquisito ponche «Lancier», aromáticos el café y los cigarros; todo merece los mayores elogios, que todo es producto de una voluntad firme y decidida de agradar, de una cortesanía de buen gusto, de una galante hospitalidad.

   Y el tiempo transcurre ameno, entre la delicia de una charla animada y chispeante, en la que no faltan los rasgos de ingenio y son muchos lo que descubren el suyo, de los setenta comensales que ocupan la mesa, y se manifiesta latente la expresión de un deseo por todos sentido, de que esta fiesta sea un presagio feliz de una temporada de pesca magnífica, que responda a los desvelos de los concesionarios de la Almadraba, y a las duras y penosas labores del sufrido y honrado personal.

   Es ahora el padre Caro el que con palabras elocuentes y acento sentido satisface los anhelos de todos brindando por la prosperidad de la empresa almadrabera, encomendando a la protección de la Virgen del Carmen, Patrona de los bravos marinos, el éxito de la temporada pesquera.

   Después el culto comandante del «Giralda», que como comensal asiste a la fiesta, habla y llega también al alma de sus oyentes pronunciando sentidas frases; el capitán de la Almadraba que tiene conceptos sencillos y vehementes para esperar en el éxito de su gestión, secundado por todos; el comandante de Marina de San Fernando; los concesionarios de la Almadraba, todos, pronuncian oportunas y sinceras palabras, para coincidir en un deseo común.

   Un militar, el capitán de Carabineros señor Gual, recita admirablemente algunas poesías que, si no son suyas, merecían serlo, porque siente en poeta y hace sentir a los que le oyen.

   Ya están en pie los comensales: la marea no permite prolongar más tiempo reunión tan agradable.

   Se repiten las demostraciones de gratitud a los espléndidos anfitriones de la fiesta: saludos, despedidas, ofrecimientos…

   Ya estamos a bordo. Desde el muelle agitan todos sus pañuelos, contestamos con los nuestros, pita la sirena del vapor, avanza éste, raudo, río arriba, y la estela que el movimiento de su hélice deja en las tranquilas aguas del río, se prolonga visiblemente hasta el punto en que están situados los que se despiden de nosotros, aquellos señores espléndidos, afectuosos, hospitalarios…

   La corriente natural del río, va borrando la estela que la hélice del vapor deja, y que durante algún tiempo se nos ha antojado lazo de unión con tan buenos amigos.

   La que no se borrará nunca es la deuda de gratitud que con ellos hemos contraído todos los que hemos recibido las pruebas más concluyentes de su amabilidad, su galantería y su esplendidez.

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