El viejo vecino

20 agosto, 2016

por Juan Antonio Carrasco Lobo

Era de aquellos vecinos de toda la vida, de esos que siempre se veían apostados en el mismo sitio, impertérritos, observando cómo el tiempo se paseaba indolente.

Asomado al pretil de la azotea de su casa de toda la vida, había visto cambiar muchas veces la fisonomía de aquel rinconcito en el mismo centro de su pueblo; aunque, a pesar de ello, le gustaba pensar que no todo era tan distinto. Que aún bajo sus balcones seguía paseando aquella pareja que se conoció por error en la cafetería que se hallaba junto a su casapuerta, pensando ella que él era otro, y él sonrió pensando que ella era la que su corazón estaba esperando. Y allí seguían volviendo como cada tarde a merendar, desde aquella en la que se encontraron, cuarenta años después. O que aquel niño impertinente que volvía loca a su madre mientras volvía del colegio, con el jersey atado a la cintura, la camisa malmetida por aquellos pantalones grises que lucían sendos parches azules en cada una de sus rodillas, era ahora un padre de familia que paseaba orgulloso su prole. Era como si, a pesar de ese regodearse de los años por su perfilada faz, él pudiese decirle que solo habían envejecido, pero solo eso.

Se jactaba de tener una vecina muy atenta con él, que lo mismo le despertaba, le avisaba para el Ángelus, le recordaba la hora de almorzar o si había algo que celebrar o lamentar. Cosas de viejos amigos.

Nunca conoció otra tierra, nunca divisó otras vistas que aquellas que dibujaban de verdes, blancos y azules su Isla, el único paisaje que atisbaba y que hoy muchas nuevas edificaciones le habían cegado para su pesar.

Se consideraba dichoso de haber sobrevivido a las decisiones de los políticos, a la de empresas que requerían de nuevas ambiciones económicas, a las aventuras imprecisas que terminaron por llevar al cementerio del recuerdo a no pocos que, como él, habían sido referentes en la sociedad del lugar. Era un veterano de muchas batallas en las que otros sucumbieron; era, sin duda, uno de esos héroes que sus ciudadanos miran con orgullo, tras tantos agravios a lo que consideraban antiguo.

Ensombrecido ya por los años, y por la desidia, aún se sentía con fuerzas para volver a brillar como antes; pero era consciente de la dificultad que suponía ese empeño, y tampoco quería ilusionarse en vano. ¿Para qué? Le bastaba con estar allí contemplando, desde su ya centenaria atalaya, a la gente de su pueblo, que era como su propia familia tras tantas décadas conviviendo juntos, viendo cómo unos crecían, otros se iban, algunos volvían y los más ancianos –ay, la vecina- marchaban al ciento cuarenta y uno o a Chiclana para no volver.

Voló la noticia que querían hacerle un homenaje. Le llegó como le llegaba todo en ese pequeño rincón del que nunca se movió: por la inercia del boca a boca. Sintió una felicidad insospechada a su ya avanzada edad, pues creía que ya poco más podría sorprenderle. Dormía cada noche deseando que el sol despuntara tras aquel horizonte que tanto amaba y, aún sin poder descubrirlo con la misma claridad que antes, todavía oteaba desde su privilegiado mirador para que alguien le hiciera mención oficial sobre aquel detalle.

Pasaron unos días, no demasiados, y los habitantes de la ciudad se despertaron con un titular inesperado: aquel vecino de toda la vida, ese al que tanto consideraban, había muerto. En la terraza de su casa ya no estaba asomado aquel viejo al que nunca nadie -qué cosas- vio envejecer. Faltaba algo en aquella altura, sobre aquella cafetería tan rancia, y desde la distancia ya se notaba que algo fallaba en aquella cuasi eterna escena vespertina.

Engañaron al anciano como lo hicieron con aquellos que le veían como un tesoro a cuidar. A muchos -qué quieren que les diga- nos falta aquel SOBERANO que era un símbolo callado de isleñísima identidad. Pregúntenle a las campanas de la Iglesia Mayor, seguro que les dirán que echan de menos poderlo avisar.

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