Crónica de una ballena varada en La Isla

16 junio, 2016

por Clara María Rodríguez Sánchez

Lo que aquí os contaré es mi experiencia personal dentro del proyecto de recuperación del esqueleto de rorcual que se exhibe en San Fernando desde este mismo mes. Espero que mi historia os apasione tanto como a mí el haber participado de ella.

La primera vez que oí hablar del animal estaba en la Facultad de Ciencias del Mar y Ambientales esperando para realizar un examen en enero de 2012. En cafetería era el tema candente y los compañeros me dieron todos los detalles: el día 20, unos voluntarios dieron la voz de que una ballena había pasado por la costa de El Puerto de Santa María en dirección a San Fernando. Al día siguiente varó sin remedio en la parte fangosa frente al Chato. El día 23, un equipo especializado del CEGMA (Centro de Gestión del Medio Marino) se presentó en el lugar para realizar pruebas al animal recogiendo muestras de piel, músculo, esófago, glándula mamaria y parásitos visibles sobre la piel.

Estimaron que se trataba de una cría hembra de rorcual común, de apenas unos 10 meses de edad. La criatura debió extraviarse de su familia, pues los rorcuales viajan juntos en busca de aguas cálidas en invierno y regresan al Mar del Norte en verano a por mejor comida. En el examen del esófago encontraron grandes cantidades de fango, por lo que la pobre varó viva y la marea fue moviéndola.

El sitio donde se encontraba a fecha del varamiento no hacía posible el traslado del cuerpo por ningún medio, por lo que las autoridades decidieron esperar a que la marea acabara de acercarla a la vuelta de fuera de la salina Dolores.

En este punto podría haber dejado de escribir de no ser por una suerte de casualidades que me llevaron a reconectar con esta ballena en marzo del mismo año. En esa fecha comencé mi período de prácticas de la carrera, con la suerte de pasar a ser pupila de las personas que hicieron posible este proyecto, así que comencé inmediatamente a trabajar en el seguimiento del cuerpo. Para entonces la marea, así como la fauna carroñera -gaviotas y cangrejos violinistas- habían realizado un gran trabajo de limpieza, así que los restos en descomposición estaban al alcance de una persona cerca del sendero de la salina Dolores.

Acompañando a mi mentora, inspeccionaba dos veces por semana el estado del cuerpo mientras se conseguían los permisos para retirar los huesos y así poder investigar y enseñar sobre estos extraordinarios animales. Es la segunda especie de ballena más grande del mundo y ciertamente es un hecho extraño que se acerquen a la costa de la Bahía, por lo que este caso era de especial interés para todos. Anotábamos los cambios del medio ambiente, la presencia de carroñeros, las variaciones en el volumen del animal y su aspecto general.

Un día detectamos que una de las piezas superiores de la mandíbula se había separado del cuerpo hundiéndose en el fango con el riesgo de que se descompusiese o que la marea se la fuese llevando Bahía adentro. Es por eso que la recogimos unos días después.

Alrededor del 13 de abril todo estaba listo para recuperar el resto del esqueleto. En una sola tanda recogimos todos los huesos a excepción de las cuatro últimas vértebras de la cola -denominadas caudales-, algunos chevrones -entre las anteriores, en la parte inferior de la columna-, las dos pequeñas piezas de la cadera y una aleta.

Al llegar retiramos la piel de la cría como si fuera una manta, sin apenas problemas. Sí fue difícil, en cambio, cortar los nervios y tendones que unían las vértebras. Éstos son tan elásticos y resistentes que al acabar la mañana todos los cuchillos quedaron inservibles. También recogimos trozos de barbas.

Algunas de las piezas eran irrecuperables al haber quedado bajo el cuerpo después de encallar; se habían descompuesto. Las vértebras de la cola todavía estaban sujetas por los tejidos en mejor estado, de modo que se decidió dejarlos en el lugar un par de semanas más para que el medio ambiente ayudara a soltarlos. Sin embargo, en la siguiente inspección de campo, descubrimos que estos restos de piel y huesos habían sido quemados sin razón alguna. Es por eso que todas esas partes han sido recreadas artificialmente para que el esqueleto esté al completo.

En este punto de la historia comienza la segunda fase: la limpieza y el tratamiento de los huesos. Debido a la temprana edad de la cría, los huesos no están totalmente formados, por lo que son bastante frágiles y porosos -imaginad algo más suave que la piedra pómez pero con muchos agujeros pequeños-. Había que limpiarlos cuanto antes. Así pues, entre mi mentora, agentes de medio ambiente, un par de valientes voluntarios y yo, nos hicimos cargo de la desagradable tarea.

El proceso comenzó bañando las piezas con detergente durante unos días, cambiando el agua con frecuencia para evitar la podredumbre. Una vez perdían el color oscuro y el fango, se sacaban de la cubeta para ser fregadas a mano con el mismo detergente usado en el baño. Ahora olían peor que nunca ya que el ambiente marismeño y el fango ayudan a tapar olores. El principal reto era eliminar los tendones que, de forma natural, se unen al hueso ‘con más fuerza que el Loctite’. De nuevo los cuchillos acabaron romos. Lo más impactante para mí fue la limpieza del cráneo. Para manipularlo hicieron falta varias personas y, claro, dentro aun estaba el cerebro. Sacarlo de ahí nos costó una mañana entera y mucha agua a presión.

El siguiente paso, previo a la tercera fase del trabajo, fue dejarlos secar al sol sobre unas barras para que el aire corriese. Entonces comenzamos a tratar cada pieza con cola blanca rebajada con agua para tapar los poros y prevenir grietas por expansión debido al calor, humedad interna y la propia fragilidad del hueso joven. Lo que hicimos fue simple: aplicar la mezcla realizada de antemano con una brocha grande por toda la superficie de las piezas como aparece en la foto adjunta. Luego se dejaron secar.

Una vez secos, los huesos presentaban el aspecto de la imagen. En ella aparecen -de arriba abajo- una vértebra del cuello (o cervical), dos discos intervertebrales de distinto tamaño, una vértebra de la cola y un omóplato. Esta parte consistió en empaquetar todas las piezas envolviéndolas en papel de periódico y acolchándolas en cajas de cartón. Así quedaron almacenadas durante un año mientras se pensaba en la cuarta fase, de la cual no pude participar.

En enero de 2013 dio comienzo el taller de clasificación. Se convocó un voluntariado para involucrar a todo el que quisiera en la identificación, enumeración y fotografiado de los huesos de la pequeña rorcual. Los integrantes aprendieron sobre biología, anatomía, y el trabajo científico de clasificado y fotografía de elementos a estudiar.

Pero una vez más los huesos tendrían que esperar a los fondos necesarios para poder ser expuestos suspendidos en el aire. Encontrar un arquitecto o equipo preparado para este tipo de montaje no es fácil en España, ya que experiencias como estas se han realizado muy pocas veces. Al fin, tras tres años de silencio, los voluntarios y personas involucradas en el proyecto fueron convocadas el día 17 de mayo para ver en primicia los resultados.

No tengo palabras para describir siento al ver el cuerpo suspendido en el aire, casi flotando.

Esta experiencia me ha marcado profundamente como profesional y como persona, hice todo lo posible por aprender al máximo y me gustaría que los que me habéis leído ahora os sintáis parte de ella, no dudéis en rendir homenaje a la pequeña rorcual de la Bahía de Cádiz.

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