La leyenda del acueducto

25 mayo, 2020

Hubo, al oeste de Andalucía, un rey griego que gobernaba sobre una isla: la Isla de Cádiz. Tenía una hija de incomparable belleza, a la que los otros reyes de Andalucía —aquella región era gobernada por varios reyes, cada uno con propiedades que no se extendían en más de una o dos ciudades— deseaban tomar por esposa. Todos ellos enviaron mensajeros a Cádiz para pedir su mano.

El padre, sin embargo, no estaba dispuesto a elegir entre tantos pretendientes, pues favorecer a uno de ellos conllevaría una ofensa hacia todos los demás y, estando muy contrariado, mandó llamar a su hija para explicarle la situación. Esta poseía mucha sabiduría además de belleza, pues entre los griegos, tanto hombres como mujeres nacían con un instinto natural para la ciencia, lo que ha llevado a ese dicho común de que «la ciencia bajó del cielo y se alojó en tres partes diferentes del cuerpo del hombre; en el cerebro entre los griegos, en las manos entre los chinos y en la lengua entre los árabes». Después de analizar la situación, le dijo a su padre: «Solo haz lo que te diré y no te preocupes más por este asunto […] a los que soliciten mi mano les responderás que daré preferencia al que demuestre ser un rey sabio». Y su padre envió mensajeros a los reinos vecinos para informar a los pretendientes reales de la decisión.

Cuando los amantes leyeron las cartas que contenían las intenciones de la princesa, muchos que no dominaban la ciencia desistieron inmediatamente de su cortejo; solo dos reyes entre sus numerosos admiradores se consideraban sabios y respondieron de inmediato afirmando sobre sí mismos: «Yo soy un rey sabio». Cuando el padre recibió estas cartas, mandó llamar a su hija y le informó de su contenido. «Mira —dijo él—, seguimos teniendo el mismo problema que antes, porque hay dos reyes que se saben sabios y si elijo uno me convertiré en enemigo del otro. ¿Qué propones hacer ante tal dificultad?» La hija respondió: «Impondré una tarea a ambos reyes y el que la ejecute mejor será mi esposo […] Queremos en este pueblo una rueda para extraer agua; le pediré a uno de ellos que me haga una que sea movida por agua corriente fresca que provenga de tierras lejanas, y le confiaré al otro la construcción de un talismán o hechizo para preservar esta isla de las invasiones de los bereberes».

El rey estaba encantado con el plan sugerido por su hija y, sin otorgar más consideración al tema, escribió a ambos príncipes para comunicarles la decisión definitiva; ambos acordaron someterse a la prueba prevista y se pusieron a trabajar lo antes posible.

El rey al que le había tocado construir la máquina hidráulica erigió un inmenso edificio, con grandes piedras colocadas una encima de otra, en esa parte del mar salado que separa Andalucía del continente, en el lugar conocido con el nombre de Estrecho de Ceuta. Este edificio arqueado, construido enteramente de piedra libre, cuyos intersticios fueron rellenados por el arquitecto con cemento de su propia composición, conectaba la Isla de Cádiz con el territorio principal. Las huellas de este trabajo todavía son visibles en el trozo de mar que separa Ceuta de Algeciras, pero la mayoría de los habitantes de Andalucía les asignan otro origen: suponen que son los restos de un puente que Alejandro ordenó construir entre Ceuta y Algeciras. Solo Dios sabe cuál de los dos informes es el verdadero. De cualquier modo, cuando el arquitecto terminó su trabajo de piedra, condujo agua dulce desde la cima de una alta montaña en el continente hasta la isla, y luego la hizo caer en una cuenca para volver a elevarla posteriormente por medio de una rueda.

En cuanto al otro rey, cuya tarea era la construcción del hechizo mágico, primero consultó los astros en busca de un momento adecuado para iniciar su fabricación. Habiéndolo descubierto, comenzó a construir un edificio cuadrado; los materiales eran de piedra blanca y el lugar elegido para su construcción, un desierto arenoso en la orilla del mar. Con el fin de dar suficiente solidez al edificio, el arquitecto hundió los cimientos tan profundamente en la tierra como el propio edificio se elevó sobre la superficie; y cuando lo completó, colocó en la parte superior una estatua de cobre y hierro fundido, mezclados a fuerza de su ciencia, a la que le dio el parecido y la apariencia de un bereber, con una larga barba; su cabello, que era extremadamente grueso, se erguía sobre su cabeza, y además tenía un mechón colgando sobre su frente.

Su prenda consistía en una túnica cuyos extremos sostenía en el brazo izquierdo; llevaba sandalias en los pies y lo más extraordinario de él era que, aunque las dimensiones de la figura eran excesivas, y se alzaba en el aire a una distancia de más de sesenta o setenta codos, no presentaba otro soporte que el natural de sus pies, que eran como máximo de un codo de circunferencia. Tenía el brazo derecho extendido y en su mano se observaban varias llaves con candado; con la otra señalaba hacia el mar, como si dijera: «Nadie debe pasar por aquí»; y tal era la virtud mágica contenida en esta figura, que mientras mantuvo su lugar y las llaves en la mano, ningún barco berberisco pudo nunca navegar hacia el estrecho debido a sus aguas tormentosas y peligrosas.

Los dos reyes trabajaron en su tarea a un ritmo poco común, suponiendo que el que cumpliera antes su objetivo tendría una buena oportunidad de ganarse el corazón de la princesa. El constructor del acueducto fue el primero en terminar el suyo, pues se las arregló para mantenerlo en secreto con la esperanza de que, si acababa primero, el talismán no se completaría y la victoria sería para él: Y así sucedió, ya que midió su tiempo tan bien, que el mismo día en que su rival debía completar el trabajo, el agua comenzó a correr en la isla y la rueda a moverse; y cuando la noticia de su éxito llegó a su competidor, que estaba en la parte superior del monumento dando el último esmalte a la cara de la figura, que era dorada, lo tomó tan en serio que se tiró al suelo y cayó muerto al pie de la torre; por lo que el otro príncipe, liberado de su rival, se convirtió en el señor de la dama, de la rueda y del hechizo.

Comments are closed.

Patrimonio La Isla © 2016 - Diseño Jesús Rivero

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR